RAZÓN VIGÉSIMO OCTAVA
28.- Una criada: MAIMONA
Mi tía envejeció de pronto; aunque yo siempre tuve
la sensación de verla siempre así, mayor, con su luto fiel y permanente a su
marido, mi tío Salvador, al que no llegué a conocer y llegó ese día en que hubo
que recurrir a una ayuda para ella en casa. Ya no podía con toda la faena de la
misma porque cayó enferma y hasta se vio obligada a marcharse a otra casa, a la
de una sobrina que tenía tiempo para cuidarla, ya que mi madre con su tarea era
imposible que lo hiciera y apareció Maimona en nuestro hogar.
Era Maimona una mujerona musulmana, algo rellenita,
pero que se movía con la agilidad impropia de su figura y de la edad que aparentaba,
la que nunca curiosamente supimos y que tenía como todo el mundo su propia
historia. Había enviudado hacía pocos años por fortuna para ella, nos contaba;
pues su marido, en vida, bebía a pesar de la prohibición de su religión y la
maltrataba continuamente, hecho que no era tan mal visto como lo anterior. Así
que no era raro que se alegrara de su marcha al otro mundo. Por no tener
descendencia y por aquello de que al que Dios o Alá en este caso, no le da
hijos, le da sobrinos, la situación también dramática de una de sus hermanas
que sí que los tenía, la obligó a hacerse cargo de ella y de su numerosa prole
y tener que trabajar en lo que fuera, que además era lo que había hecho casi
desde que nació.
Maimona trabajaba como una mula, porque después de
realizar las faenas de casa que terminaba por la tarde, se marchaba a otro
hogar para seguir en la briega y antes de llegar a casa, a eso de las diez de
la mañana, ya había limpiado el portal, las escaleras y rellanos del bloque
donde vivíamos, que tenía cuatro plantas.
En casa se encargaba de la compra, siguiendo las
indicaciones de mi madre, en las tiendas de ultramarinos que había en las
cercanías de ella, especialmente en una tiendecita que se encontraba en la
calle que daba a la plaza de toros, que nos era muy familiar, pero que ahora no
recuerdo su nombre, a la que nosotros también acudíamos puntualmente cuando se
necesitaba algo. Cocinaba igualmente y aunque su repertorio no era
extenso, lo hacía estupendamente.
Había cosas
en sus costumbres que nos llamaban la atención, como la de negarse a comer
pollo, que a nosotros nos encantaba frito y con ajillos y con abundancia de
patatas fritas, porque los compraba en la tienda ya muertos y ella para poder
comerlo, nos decía, tenía que matarlo o que alguno de los suyos y siguiendo sus
normas lo hiciera. Cuestión difícil de entender para unos jovencitos como
nosotros que hacíamos como sinónimos lo de muerte y matar. Era amante de las
especias y daba a sus guisos un sabor especial, distinto, sin pasarse en las
anteriores porque mi madre se lo impedía. El “jalufo” le estaba prohibido como
a la mayoría de los de su religión y pasaba del mismo sin problema; aunque sí
aparecía la carne de cerdo algunas veces en nuestro menú. De todas formas, en
casa es que éramos más del pescado y de los mariscos que de la carne, gracias a
que nuestros sobrinos José Ángel y Marimel vivían con nosotros en ella desde la
triste desaparición de nuestra querida hermana Cuqui en plena juventud, y al
cuido de mi cuñado Pepe de que no nos faltara ningún día ese material desde
hora muy temprana y que llegaba a casa por medio de cualquiera de los marineros
que se pasaban puntualmente por allí, siguiendo sus indicaciones, para dejar la
carga de pescado fresco y variado, así como del marisco cuando llegaba a puerto
y era subastado por él.
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