viernes, 27 de marzo de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN VIGÉSIMO OCTAVA

28.-  Una criada:  MAIMONA

        Mi tía envejeció de pronto; aunque yo siempre tuve la sensación de verla siempre así, mayor, con su luto fiel y permanente a su marido, mi tío Salvador, al que no llegué a conocer y llegó ese día en que hubo que recurrir a una ayuda para ella en casa. Ya no podía con toda la faena de la misma porque cayó enferma y hasta se vio obligada a marcharse a otra casa, a la de una sobrina que tenía tiempo para cuidarla, ya que mi madre con su tarea era imposible que lo hiciera y apareció Maimona en nuestro hogar.

        Era Maimona una mujerona musulmana, algo rellenita, pero que se movía con la agilidad impropia de su figura y de la edad que aparentaba, la que nunca curiosamente supimos y que tenía como todo el mundo su propia historia. Había enviudado hacía pocos años por fortuna para ella, nos contaba; pues su marido, en vida, bebía a pesar de la prohibición de su religión y la maltrataba continuamente, hecho que no era tan mal visto como lo anterior. Así que no era raro que se alegrara de su marcha al otro mundo. Por no tener descendencia y por aquello de que al que Dios o Alá en este caso, no le da hijos, le da sobrinos, la situación también dramática de una de sus hermanas que sí que los tenía, la obligó a hacerse cargo de ella y de su numerosa prole y tener que trabajar en lo que fuera, que además era lo que había hecho casi desde que nació.

      Maimona trabajaba como una mula, porque después de realizar las faenas de casa que terminaba por la tarde, se marchaba a otro hogar para seguir en la briega y antes de llegar a casa, a eso de las diez de la mañana, ya había limpiado el portal, las escaleras y rellanos del bloque donde vivíamos, que tenía cuatro plantas.

     En casa se encargaba de la compra, siguiendo las indicaciones de mi madre, en las tiendas de ultramarinos que había en las cercanías de ella, especialmente en una tiendecita que se encontraba en la calle que daba a la plaza de toros, que nos era muy familiar, pero que ahora no recuerdo su nombre, a la que nosotros también acudíamos puntualmente cuando se necesitaba algo. Cocinaba igualmente y aunque su repertorio no era extenso, lo hacía estupendamente.

     Había  cosas en sus costumbres que nos llamaban la atención, como la de negarse a comer pollo, que a nosotros nos encantaba frito y con ajillos y con abundancia de patatas fritas, porque los compraba en la tienda ya muertos y ella para poder comerlo, nos decía, tenía que matarlo o que alguno de los suyos y siguiendo sus normas lo hiciera. Cuestión difícil de entender para unos jovencitos como nosotros que hacíamos como sinónimos lo de muerte y matar. Era amante de las especias y daba a sus guisos un sabor especial, distinto, sin pasarse en las anteriores porque mi madre se lo impedía. El “jalufo” le estaba prohibido como a la mayoría de los de su religión y pasaba del mismo sin problema; aunque sí aparecía la carne de cerdo algunas veces en nuestro menú. De todas formas, en casa es que éramos más del pescado y de los mariscos que de la carne, gracias a que nuestros sobrinos José Ángel y Marimel vivían con nosotros en ella desde la triste desaparición de nuestra querida hermana Cuqui en plena juventud, y al cuido de mi cuñado Pepe de que no nos faltara ningún día ese material desde hora muy temprana y que llegaba a casa por medio de cualquiera de los marineros que se pasaban puntualmente por allí, siguiendo sus indicaciones, para dejar la carga de pescado fresco y variado, así como del marisco cuando llegaba a puerto y era subastado por él.

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