Ella se ocupaba de la compra, dejando para cuando estábamos en casa, que era el menor tiempo posible, por razones lógicas del cumplimiento con las obligaciones escolares y por las que nosotros mismos nos echábamos con relación a lo lúdico, los pequeños recados o mandados que respondían a urgencias o a olvidos. Era también tarea suya la comida, que realizaba en aquellas cocinas aún de carbón que encendía con una habilidad y celeridad terribles y a la que costó la propia vida que se acostumbrara al butano. Hacía igualmente la cocina y era labor suya el lavado, en aquella pila que existía en el patio junto a la ventana del servicio, porque en aquellos años de nuestra niñez de lavadoras nada; todo era a base de restregar y a mano, con jabón que me parece recordar que se llamaba Lagarto, de color verde, y luego a tender en los alambres que cruzaban el mismo, sujetando la ropa con palillos de madera; aquellos que separando sus dos partes y poniéndole la pieza metálica que los unía en una posición especial, aprovechando sus ranuras, convertíamos en tiradores de objetos pequeños como piedrecitas o garbanzos, que eran una delicia para nuestros juegos y para molestar en ocasiones a determinado personal. También entraba entre sus quehaceres la limpieza de la casa, que no era tarea fácil por aquel enorme y largo pasillo en forma de L, que permitía el acceso a las habitaciones, cocina y servicio.
Mi tía sabía más que los ratones colorados y eso que
nunca había ido a la escuela; contaba con la sabiduría que da la vida y sobre
todo, cuando ésta no era regalada; esa vida que no se había portado bien con
ella desde tierna edad. No sé cómo se las arreglaba, pero en las colas de
racionamiento duraba poco, trayéndose los artículos sin estar mucho tiempo en
ellas. No conozco las historias que contaría o acaso que era mucho su descaro y
se colaba simple y llanamente sin importarle nada los improperios que recibía,
haciéndose posiblemente y en más de una ocasión la sorda. Sin saber de números,
cualquiera la engañaba en la compra. Sabía organizarse y crecimos sin notar
importantes desajustes en nuestro hogar en lo referente a la comida y eso que
éramos tragones, ni tampoco en lo tocante a la limpieza en todos sus aspectos.
Siempre íbamos muy arregladitos, como se decía por entonces y dentro de la modestia propia de nuestra situación
económica, y el aspecto de casa era impecable, porque además eran muchas las
personas que la visitaban por el trabajo de mi madre y buena era ella para que
presentara un aire que no fuera de su gusto.
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