miércoles, 7 de octubre de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES

 
            RAZÓN  NÚMERO  59

            Una excursión:   A CALATRIFA

        Una excursión llena de atractivos y que nosotros sólo hicimos en una ocasión fue la de la subida a nuestro Gurugú. Menuda paliza, vaya caminata; verdadera fortuna que la bajada correspondiera al regreso. Salvo los momentos del comer y contemplar con los ojos muy abiertos nuestra ciudad desde la altura y la lejanía, fue una larga jornada de subir y bajar, desplazándonos por caminos terrizos, sin asfaltar e irregulares, a veces a campo traviesa, cosa que a nosotros no nos importaba en absoluto, pues éramos como cabras buscando siempre los lugares más intrincados a pesar de las advertencias de los profesores o mayores que nos acompañaban. Con aquella parada obligada en los manantiales de Yasinem, para rellenar las cantimploras y disfrutar con agua tan deliciosa; aunque nos dijeran los anteriores que el agua no tenía ni olor ni sabor. Al volver a casa sólo teníamos ganas de acostarnos y de dormir como lirones. Nos daban un vaso de leche bien calentita y a buscar los sueños, que acudían inmediatamente.


            Escapadas al Pueblo tampoco faltaron, en busca de rincones por descubrir, jugando a escondernos en sus múltiples recovecos, para  asomarnos al gran mar y ver su inmensidad salpicada de menuditos e insignificantes barcos; fijando nuestros ojos en los atardeceres, porque de noche ya estábamos de vuelta en casa y no nos agradaban las oscuridades del lugar, en aquella enorme bombilla que era la luz del faro, en la pequeña iglesia, siempre soportando como fiel vigía las erosiones de las inclemencias del tiempo, que servía de morada a los mendicantes capuchinos o franciscanos, que no entendíamos mucho de órdenes y hábitos por aquellos años, en la cuesta que conducía al templo en donde la soldadesca bebía el vino al porrón y comía la tortilla de patatas en Casa del Manco, en la Puerta de Santiago, que era como las de las películas de la Edad Media o en los atrevidos muchachotes que se arrojaban al mar desde las rocas próximas al Foso de Hornabeque o desde la Cabeza del León. Así como las giras al otro Faro, el del espigón del puerto, para contemplar a los pacientes pescadores como lanzaban el hilo de sus cañas y anzuelos o para capturar cangrejos entre los bloques, para darnos cuenta de lo lejos que estaba el Gurugú y para sentirte atraído y aspirar y sentir el olor a mar. Ese mar que te llama, que te reclama cuando llevas mucho tiempo en el interior de la Península sin tenerlo presente y del que sientes añoranza en la lejanía.


            Ya siendo estudiante de Magisterio nos dio por hacer algunas excursiones a uno de los rincones más bellos de las cercanías de nuestra ciudad y en terreno marroquí, que había sido también frecuentemente visitado por nuestros mayores; me refiero al lugar conocido como Calatrifa. Desde el barco que hace la ruta Málaga-Melilla se puede contemplar antes de llegar a nuestra ciudad y nada más doblar el Cabo Tres Forcas la belleza de un paisaje abrupto y salvaje, con cortados que caen sobre el mar, cuyas olas baten contra ellos salpicando de blanco el panorama en su base y con pequeñas y encantadoras calas de arenas doradas y aguas limpias y transparentes. Una de estas es Calatrifa. No sé si los accesos a la misma en la actualidad han mejorado y facilitan la llegada a tan bello rincón; lo que sí recuerdo es que en aquel tiempo tenían un cierto riesgo, ya que los estrechos senderos eran fruto del ir y venir de la gente y no existían caminos especialmente preparados por el hombre para tal fin. Existían algunos tramos de una anchura cercana al metro o menos, que más parecían caminos de cabras, y otros en que casi exagerando un poco te veías obligado a hacer montañismo, moviéndote entre rocas o te veías obligado a bordear éstas, que en la bajamar sólo te obligaba a mojarte los tobillos, pero que en la pleamar te exigía cruzarla a nado. Sin embargo, tanto esfuerzo valía la pena por la belleza natural y tranquilidad del lugar. Te encontrabas con una pequeña playa de arenas finas y limpísimas y a sus espaldas el cortado, con aguas absolutamente transparentes donde al bañarte veías con total nitidez el fondo marino, con peces pequeños en tus mismas cercanías, con cangrejos diminutos que huían porque alterábamos su tranquilo habitat sin miramiento, con un revolotear de diferentes especies de aves; acompañado del silencio que sólo era roto por el canto de éstas, por el continuo batir de las aguas y por nuestras voces. Refugio verdadero remanso de paz que nosotros en aquellas jornadas profanábamos.


            De verdad que nunca olvidaré aquellas excursiones en las que nos encontrábamos con la naturaleza en su auténtica realidad, sin que ese enorme depredador que es el hombre, aún hubiera puesto sus manos encima para modificarla sin ninguna justificación.  

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