También las que hacíamos al chalet del compañero del
Instituto, Vandelvalle, con el fin de
pasar la tarde jugando con él y que se encontraba una vez subida la cuesta de
la Normal, la de los depósitos de la Shell, y en lugar de coger la curva de la
izquierda que conducía a los cuarteles, hacerlo a la derecha y descender, por
donde creo que se encuentra en la actualidad el nuevo colegio de El Buen
Consejo y por donde la familia León tenía también el suyo, camino de Farhana.
Su padre era un afamado abogado de la ciudad del que nos decían que era tan
bueno que lo mismo podía ponerse en defensa del acusado que del acusador, del
que lo solicitase y pagase su correspondiente minuta, y que siempre ganaba los
juicios; cuestión que nosotros con nuestros pocos años no llegábamos a
entender, pues creíamos en nuestra inocencia que el culpable, equivalente al
malo, siempre era el culpable, cualquiera que fuera el que lo defendiera y que
los abogados sólo existían para defender a los inocentes.
Siguiendo ese mismo camino y ya de manera más organizada, para pasar todo el día, tomábamos parte en las marchas con acampada incluida, que nos llevaban a la mencionada Farhana, en donde se encuentra el actual puesto fronterizo de igual nombre y al que también se podía arribar siguiendo el curso del río de Oro; con lo que estas excursiones tenían el doble atractivo de poder hacer la ida por un camino y la vuelta por la otra ruta, siempre que el río te lo permitiera. Allí, en una de sus explanadas, que todas nos parecían enormes o bajo la sombra de sus eucaliptos, degustábamos con verdadero apetito por la gran caminata la comida que llevábamos de casa o la típica y socorrida paella cuartelera si era organizada la gira por las Falanges Juveniles y se desplazaba con nosotros también el cocinero, que en muchas ocasiones era el mismísimo Hade, personaje del que hablaré en otro de los apartados.
Ya siendo algo mayorcitos y por iniciativa propia de un grupo de amigos, organizamos algunas a ese mismo lugar; hasta que dejamos de hacerlo por encontrarnos con algunos riesgos, ya que empezamos a ser vistos como extraños por aquellos lugares y de parte de sus habituales moradores, de los que teniendo iguales edades que las nuestras vivían en aquellas casas que surgieron en los alrededores del mismo puesto fronterizo y que dieron origen a discusiones y a intercambios de más que palabras, porque piedras había muchas en el camino y a tener que escapar en desbandada, concluyendo éstas con la lengua fuera de tanto correr o con el cuello dolorido de tanto mirar hacia atrás, por si aún nos perseguían; de tal manera que hasta que no llegábamos a lo que nosotros entendíamos como la civilización no nos quedábamos tranquilos.
Otras escapadas eran las que hacíamos a otro chalet
y en el sentido contrario de la ciudad, cogiendo la carretera que iba a Nador y
que creo que era de los Parres, que contaba con el aliciente de tener una zona
con césped donde poder jugar a revolcarnos y unas palmeras ricas en dátiles que
hacían nuestra delicia, porque nos recordaba a la del Parque Hernández; aunque
allí no necesitábamos lanzarles piedras, ya que eran más bajas y además porque
los propietarios tenían un palo largo que usaban para golpear los racimos y
caían sin gran esfuerzo. Eran estas de las que considerábamos como escapadas y
que generalmente nos llevaban toda la tarde, portábamos la merienda y la
hacíamos en grupo y a pie, no utilizando
No hay comentarios:
Publicar un comentario