RAZÓN CUADRAGÉSIMO OCTAVA
48.- Un gran amigo de la infancia: PACOLI
- Era fantástico, imaginativo. Fue él quien nos
contó que tenía un familiar que por las noches se levantaba sonámbulo y se
paseaba por el filo del balcón de su casa, con los ojos cerrados y sus brazos
extendidos hacia delante, ante la mirada aterrorizada de sus padres, que
angustiados no se atrevían a decirle nada para que no se despertara en ese
trance, pues del sobresalto podía perder el equilibrio y caer a la calle desde
el primer piso o morirse del mismo susto.
Formaban los suyos una familia muy alegre y gozaban de una situación económica bastante desahogada, ya que su padre estaba al frente de la farmacia El Sol, enclavada en la calle General Mola y muy conocida para nosotros porque era nuestra farmacia; bueno, no de nuestra propiedad, que todo hay que aclararlo, sino donde íbamos a por las medicinas. Una farmacia de las de antes, no convertidas en tienda de medicamentos como las de ahora, en donde en bastantes ocasiones llevábamos las recetas del médico y teníamos que volver a las pocas horas o al día siguiente, según la mayor o menor dificultad en el preparado de las mismas, para recogerlas. Era su padre hombre serio, quizás el único de la familia, pero agradable y educado en el trato. Cuando acompañábamos a Pacoli a ver a su padre, para darle cualquier recado o simplemente por verlo, nos gustaba entrar con él en el pequeño laboratorio donde preparaban las medicinas, que tenía un olor peculiar y allí se nos iban los ojos detrás de tantos tarros y botes que contenían polvos misteriosos para nosotros, de tubos de todos los tamaños y de formas variadas, de matraces y un hornillo de petróleo sobre la limpia repisa de mármol blanco que había junto al lavabo.
Vivieron primero y casi durante toda su niñez en la calle central del Barrio Obrero, paralela a la nuestra, cuyo nombre no recuerdo ahora y después se mudaron a Actor Tallaví, justo enfrente de la playa de San Lorenzo, dando la trasera de su casa al monte de igual nombre, por donde circulaba antes de llegar al Cargadero de Mineral el tren que venía de las Minas del Rif y entre cuyas vías y traviesas de madera buscábamos como locos los trozos brillantes de pirita, rememorando a los buscadores de oro del oeste americano, por su parecido con el preciado metal, no por su valor en sí, que sin embargo era enorme para nosotros y que iban dejando en su trayecto los vagones cargados de mineral de hierro y que en grandes barcos eran transportados principalmente al Norte peninsular.
Su madre respondía al prototipo de la mujer andaluza, una mujer vistosa y desbordante de simpatía, que a nosotros nos apreciaba un montón. Vivía con ellos una señora mayor, que debía de ser su abuela y que cuando aparecíamos por su casa casi siempre la veíamos sentada en una mecedora y en el mismo lugar. Tenía una hermana, cuyo rostro se me ha perdido de la memoria y no la recuerdo por más esfuerzo que hago y como señalaba antes, un hermano, José García Castro, nuestro querido y admirado Pepillo, que fuera famoso futbolista de
Pacoli no voló tan alto como su hermano por lo que señalé anteriormente o porque su destino era otro; aunque sí llegó a jugar también en Madrid, en el filial del equipo merengue, el entonces Plus Ultra y que luego se convertiría en el Castilla.
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