jueves, 11 de junio de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN CUADRAGÉSIMO OCTAVA

48.-   Un gran amigo de la infancia:   PACOLI


        Creo que sacó unas oposiciones y hoy es profesor de peluquería en un Instituto de Formación Profesional, además de estar al frente de la suya. ¿Quién se lo iba a decir a lé?... Pues..., anda que a nosotros.

        Pacoli, de niño era completísimo, lo hacía casi todo y hasta bien; simpático como él solo, sabía más chistes y chascarrillos que ninguno, de tal manera era ocurrente que cuando en mi casa alguno de nosotros contaba algo gracioso, que podía salirse de la conversación habitual o de lo cotidiano, mi tía Carmen lo aplaudía o reprobaba y nunca sabíamos con qué intención lo decía, con un frase lapidaria y tajante: “Eso es cosa de Pacoli”.

      Hacía diabluras con las pelotas, quiero decir con esto que jugaba muy bien al fútbol y que nadie piense cosas raras. Claro que no se podía comparar con su hermano Pepillo, pues éste era de otra galaxia. Este hecho le condicionó en su actividad deportiva, cuando probó en el balompié como profesional, abriéndosele algunas puertas por tener aquel tan digno referente y cerrándosele otras por el mismo motivo y las dichosas comparaciones. Para algunos hasta pudo ser igual o mejor que su hermano, pero tenía una gran debilidad, que a él sólo le daban la primera patada, se encogía muy pronto y ello, con alguna que otra lesión de importancia y menos suerte que su primogénito o sencillamente porque no le gustaba la vida sacrificada de los “peloteros” de antaño y viera su futuro en otro lugar y en otra actividad, le llevaron a abandonar este deporte siendo aún relativamente muy joven.


            Hasta de chaval cantaba con un cierto estilo y bien; sobre todo, aquellos corridos mejicanos al estilo de Jorge Negrete que tanto nos gustaban entonces.


            Era muy pillo y tenía salidas para todo; algo pecosillo y el más bajo de la reunión, cosa que a él esto no le creaba ningún trauma. Sin embargo, en algunas ocasiones era tímido y hasta vergonzoso, en especial, si había mujeres por medio, como lo demuestra lo que le ocurrió un día en nuestra casa.

       Mi madre era modista y tres de las cuatro habitaciones de casa estaban destinadas a su trabajo. Una para probador, la más cercana a la entrada, que nos servía también como sala de estudios cuando no había nada que probar y para echar las siestas en verano, sobre una manta extendida en el suelo y que terminó por convertirse en dormitorio con una cama mueble que se abría por las noches y se recogía por las mañanas cuando fuimos creciendo. Otra, de las dos que daban a la calle, era el salón comedor, aunque no faltaban días en que comíamos en la cocina por comodidad como en la mayoría de las casas que esto es posible; en él mi madre cortaba los vestidos sobre la mesa para ir formándolos después en el maniquí, permanentes acompañantes de nuestra niñez, ya que hubo más de uno y por los que sentimos siempre, sin saber el porqué, un cierto respeto y nos chocaban, no tanto por la ausencia de la cabeza, sino por causa de la falta de las extremidades. Mientras que la tercera era donde se encontraba el taller de costura, donde las oficialas y las aprendizas realizaban su tarea, sin que faltara una conversación amena siempre que no se interrumpiera la labor, que buena era Pepita para el trabajo, mi madre, y en ocasiones picantita, lo que hacía brotar risotadas, sobre todo en las nuevas, en las más jovencitas. Sería difícil olvidar a Matilde, a Lina, a Toñi y Loli y a tantas otras que durante muchos años estuvieron en el taller de casa y que casi formaban parte de la familia, pues fuimos creciendo junto a ellas y algo también aprendimos de su compañía.


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