martes, 16 de junio de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA , LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN CUADRAGÉSIMO OCTAVA

48.-   Un gran amigo de la infancia:   PACOLI   ( V )

        Decir que era algo distraído podría resultar poco apropiado tratándose de nuestro amigo Pacoli.

      Involuntariamente, pienso ahora, ya que por entonces no me lo planteaba, nos tocó vivir con el fascismo y sus signos externos. El ser falangista, donde se había iniciado la Rebelión y en una plaza eminentemente militar, no resultaba llamativo y era algo de mayorías; aunque lo mismo se podía ser de Acción Católica y en torno a la Iglesia, por ejemplo, o de nada, según las circunstancias de cada cual, y tampoco llamaba la atención entre la gente menuda.

       Los que pertenecíamos a los primeros, también en gran parte, no sentíamos por ello un excesivo orgullo, ni un trauma; sencillamente lo hacíamos de una manera inconsciente - no hay en esto ánimo de justificación – y llevados por las circunstancias de aquel tiempo y en especial, por satisfacer unas carencias que entonces sí que eran abundantes.

       Muchas eran las tarde en que nos encontrábamos en lo que nosotros llamábamos Falange, en el hogar que había al final de la calle General Mola, cerca de donde se construyó el nuevo Instituto y en la planta baja de aquel gran edificio donde estaban el Sindicato, ya que sólo había uno, y otros servicios de la Administración. En dicho Hogar existía la norma, tanto al entrar como al salir, la de saludar con el brazo en alto, diciendo aquello de: ¡Arriba España!


            Era tal la reiteración de este movimiento que ya lo hacíamos de forma mecánica, sin pensarlo, y así como a la entrada se podía ejecutar sin ningún esfuerzo, ya que bastaba con hacerlo sin interrumpir la marcha, en la salida era distinto, pues teníamos que volvernos para ejecutarlo.

      Esa tarde habíamos ido a ver una película de Gary Cooper al Cine Nacional. Por supuesto que la mayoría de las veces asistíamos al gallinero, a la parte alta, donde correteábamos hasta que nos echaban o nos cansábamos, una vez que habíamos visto la película; pero en aquella ocasión y no sé la razón del cambio, sacamos entrada de butacas; aunque nos ubicamos en la zona intermedia, en el principal, que digo yo sería por falta de hábito o por solidaridad con los nuestros, los de arriba, con otros niños, gentes de tropa, moros, busconas baratas, amantes pobres del séptimo arte y mariquitas y una vez que disfrutamos con las aventuras del destartalado y larguirucho héroe nuestro, salimos con todo el mundo con una formalidad que no era habitual entre nosotros por la escalera que daba a la amplia antesala o hall que conducía a la calle. En que iría pensando Pacoli, que ante la sorpresa de todos los que caminábamos junto a él, propios y extraños, se vuelve hacia el interior, levanta su brazo y grita con todas sus fuerzas: ¡Arriba España!


            Pasada la sorpresa, en unos segundos todo desembocó en una cascada de carcajadas, que cuando se dio cuenta llevaron el rubor a sus mejillas y a un cierto enojo. Algunos mayores se sonrieron, otros pensaron que debía de ser un buen falangista por su atrevimiento en lugar público y no faltaron los que lo tacharon de desvergonzado por mofarse de cosas tan importantes. Lo cierto es que durante el camino no se libró de nuestra bulla. De la película nos olvidamos aquella tarde y lo que más temía él era que se lo contáramos al resto de la pandilla.

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