miércoles, 17 de junio de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN CUADRAGÉSIMO OCTAVA

48.-   Un gran amigo de la infancia:   PACOLI

    Otro día y es que tenía salidas para todo, también vivimos con él como protagonista otra anécdota graciosa. Por las fiestas de septiembre solíamos ir a la gala infantil que se celebraba en la Caseta Municipal instalada en el Parque Hernández. Todos los pequeños, adornados con nuestras mejores galas, de punta en blanco como decían nuestros mayores, acudíamos allí para disfrutar con el espectáculo variado que tenía lugar en la pista que había enfrente de lo que nosotros conocíamos como los Patos. Con el olor a tierra mojada, con el que el camión regadera del Ayuntamiento trataba de aliviar el calor derramando en abanico su agua sobre el recinto ferial, nos dirigíamos a la puerta principal de la Caseta Municipal junto a otros vociferantes y alegres chiquillos, algunos acompañados de sus padres, de sus chachas o asistentes y otros, como nosotros, en pandilla pero solos, sin mayores, porque ya éramos mayorzotes, con nuestro dinerito en el bolsillo, que para eso eran las fiestas de nuestra ciudad, para conseguir la entrada y cubrir otros gastos extraordinarios, como el de las chucherías o golosinas, el refresco de naranja o limón o para el rico polo helado de Morillas.


            Según nos contó después hacía varios días que se había atiborrado de sandía y tenía el vientre algo suelto y tan ligero que lo tenía, pues en la misma entrada del parque, en un esfuerzo que hizo al dar un salto al querer cortar camino por el lugar de las pérgolas, para llegar a la taquilla antes que los demás, se le fue el punto y el peso se le hizo mezcla de poco sólido y más líquido, manchándole la trasera del que era su inmaculado pantalón blanco y menos mal que con la mano, que no sé si el intento mejoró la situación, se cogió el pernil de aquel para tratar en principio de que no le bajase por las piernas.

         No había forma de disimular, la pérdida del color blanquecino del pantalón lo delataba, al igual que el olor y más aún sus andares y el querer explicarle a todo el mundo algo bien distinto a lo que realmente le había ocurrido. Difícil trance, sobre todo, porque en una situación así uno piensa que el resto de los mortales sólo tiene ojos, oídos y olfato para el desafortunado. Y lo peor era que había que desandar lo ya andado, por el mismo camino, que no había atajo para la huida, había que salir del parque y cruzar la calle Teniente Coronel Seguí, que ya empezaba, aunque no con la masiva afluencia de la noche, a animarse. No lo íbamos a dejar solo y  compartiendo algo de su vergüenza, le acompañábamos a cierta distancia, porque una cosa era la solidaridad infantil y otra la posibilidad de que nos confundieran con él, es decir, aquello de la inevitable crueldad de los niños. Estaba loco por pasar aquel amargo trago, porque se acabara la terrible pesadilla y no cesaba de decirnos, con lo que llamaba más aún la atención de los que con él se cruzaban:

     -    Sois unos mamones, ya me podíais haber avisado antes de sentarme de que allí había una mierda. Eso se avisa, hombre, y así no me hubiera sentado. ¿Por qué no me indicaste de la plasta que allí había?...

 

            Cuando se encontró en la trasera de la calle Teniente Coronel Seguí se quitó la mano del pantalón y emprendió la carrera que le permitía lo que llevaba encima, que comenzó a caer por sus piernas y a repartir salpicaduras por todo su cuerpo y ropa, llegando hasta su pelo y mezclándose con la gominola que tanto le gustaba echarse, lo que contribuyó a que se le escapara el llanto y comenzara a llorar antes de llegar a su casa, que afortunadamente estaba cerca, a unos cien metros.

      No quiero imaginarme, pero sí lo hago, a su madre al abrir la puerta y encontrarse, ante la llamada insistente del pequeño, a su hijo pequeño, a su Pacoli del alma en tal estado. Supongo que lo meterían en la bañera, después del primer: “¿Hijo mío, qué te ha pasado?”


                Y también quiero imaginarme la respuesta de él:

           - Nada, mamá, que me he hecho caca sin querer.

       Lo que despertaría una cara de extrañeza de su madre mucho mayor, que se inclinaba más por creer que a su hijo le habían estado arrojando mierda por detrás.

         Así era el Pacoli de nuestra niñez. Divertido y pícaro como el que más, gracioso por naturaleza y con un cierto atractivo para las niñas y jovencitas de su edad. Ocurrente e ingenioso, tímido unas veces y desvergonzado otras; distraído como el primero, siempre sonriente y feliz, algo presumidillo, pues siempre le gustaba ir bien maqueado y sobre todo, un extraordinario amigo de sus amigos.

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