Todo esto, en una ciudad tan eminentemente castrense
como la nuestra se veía hasta con absoluta normalidad, no despertando ni
siquiera envidias; era algo así como si todos estos privilegios y algunos más
fueran consustanciales al hecho militar y en especial al capítulo de jefes y
oficiales del Ejército.
No quiero tampoco generalizar, pues no dudo de la existencia de algunos que podían hacer un uso correcto de estas prebendas que se encontraban graciosamente por razón de su ser o profesión; pero sí señalar que era evidente la existencia de un elevado porcentaje que abusaba o no hacía un uso correcto de los mismos.
¿Qué se puede decir, por ejemplo, del hecho de que un compañero nuestro, él con sus quince años ya cumplidos, nosotros con algunos más, empezando los estudios de magisterio, tuviera un asistente que lo acompañara hasta la Escuela Normal, pasados los depósitos de la Shell, y llevándole incluso la cartera de los libros?
Los ejemplos resultan en muchas ocasiones más
ilustrativos que los múltiples razonamientos.
¿Cómo podía verse, por ejemplo, a una consorte de militar o a su hija, desplazándose por la ciudad para hacer sus compras en el coche con matrícula ET?
¿Qué podría decir un civil, cuando la playa que él tenía que usar, la de San Lorenzo, carecía de servicios adecuados, porque a lo mejor o peor, vaya usted a saber, el Ayuntamiento por entonces no contaba con los recursos suficientes para ello y tenía que atender otras urgencias, por ejemplo, y veía que la acotada Hípica, contaba con todos ellos y especialmente con los recursos humanos gratuitos para dicha entidad, pues eran atendidos por personal de tropa en su mayoría y que se podía suponer que para eso no habían venido a Melilla?, aunque muchos prefiriesen estar allí que cumpliendo con sus obligaciones militares reales.
Por supuesto que era mejor para ellos cuidar pequeños, arreglar un grifo, pintar un piso o llevar la cartera a un ya estudiante de magisterio que hacer guardias, la instrucción diaria y estar uniformado todo el día.
Pero mira por donde un 22 de abril de 1957 llega a nuestra ciudad como Comandante General un personaje en cierto modo muy controvertido y especial, tanto para el cuerpo militar como para la población civil de Melilla, don Ramón Gotarredona Prats, del que puede decirse, sin ningún género de dudas, que cambia en muchos aspectos la vida militar de la ciudad. Esa es mi sincera apreciación, que nada tiene que ver con que sea acertada o no, cuando sólo cuento con dieciocho años y pronto me voy a ver obligado a cumplir mi servicio militar.
En pocas ocasiones lo vi personalmente y sin embargo, me quedé con la impresión de un hombre alto, serio y de gesto duro y con grandes gafas. Supe que fue profesor de
No hay comentarios:
Publicar un comentario