En cuanto a su edificio, situado antes de llegar a
la Mezquita principal y nada más pasar el colegio de El Buen Consejo, supuso un
cambio notable para nosotros, que no nos afectó, porque siempre es más
llevadero pasar de peor a mejor que lo contrario. Tenía el Instituto una enorme
puerta de entrada que daba acceso al gran patio y la edificación principal se
encontraba a su derecha; al principio estaban las oficinas, la dirección y la
sala de profesores y en dos plantas con escalera al fondo y servicios debajo de
éstas, se encontraban las aulas. Un largo pasillo en la planta baja dejaba a su
derecha las clases que eran enormes y otro en la planta alta, ambos cubiertos,
que recorrido en sentido contrario dejaba las aulas, igual de grandes, a su
izquierda. Los alumnos de los cursos mayores ocupaban esta última zona. Tenían
éstas su suelo inclinado en la planta baja y un número muy elevado de pupitres,
que en algunas superaban la centena, con grandes ventanales en los dos laterales,
que daban a la calle y al patio de recreo, y tarima en la zona del fondo
reservada al profesor, que contaba también con un amplísimo encerado que casi
ocupaba todo el testero. Al fondo del patio de recreo y a la izquierda existían
otras dependencias, destinadas a las labores administrativas, algunas salas y
servicios. Allí es donde hicimos el examen de Ingreso y también donde nos
reuníamos en las veladas no lectivas un grupo de alumnos con don José Boluda.
Junto a la puerta de entrada, había olvidado señalar que se encontraba la
salita del conserje, al que llamábamos Figura, no sé si porque se llamaba así o
porque era el apodo que le habían puesto desde tiempo inmemorial los alumnos y
que él aceptaba con toda normalidad, sin disgusto alguno.
Aquellos seis años de Instituto fueron inolvidables,
se trató de una época en que dejamos de ser niños para convertirnos en
jovencitos. No faltaron travesuras propias de la edad y aparecieron las
primeras inclinaciones amorosas. Yo que siempre fui muy precoz para algunas de
estas historias y formal en exceso, casi a mitad del bachillerato ya acompañaba
a una bonita chica hasta El Buen Consejo y nos esperábamos al salir de los
respectivos centros para desandar juntos el camino de vuelta hasta nuestros
hogares, que no estaban demasiado lejanos el uno del otro. Fueron años en que
gastábamos generosamente las energías que nos sobraban en aquel monumental
patio de recreo, que de verdad que nos parecía inmenso, lleno de vida, en donde
las voces, las carreras, los saltos y
encontronazos, aun comiendo el bocadillo, eran normas de conducta habituales.
¡Qué diferencia entre aquellos casi parvulitos del primer curso con los otros de séptimo, algunos ya con bigote y barba poblada, hechos todos unos padrazos! Sin embargo, convivíamos todos en armonía; aunque no faltaban las leyes impuestas por los mayores en razón del poder de sus años y su mayor experiencia. La jerarquía se establecía desde el principio y el consuelo que nos quedaba a los que empezábamos siendo unos verdaderos “pipiolos” consistía en pensar que con el paso de los cursos seríamos iguales a ellos, que no era poco.
Todo mi bachiller lo hice en el Instituto viejo, del que guardo gratísimos recuerdos. A la mayoría de los compañeros de viaje les perdí la pista y esa capacidad humana del olvido, para lo bueno y para lo malo, me priva ahora de recordar nombres y rostros, comportamientos y actitudes, que mucho me gustaría que afloraran en estos momentos.
Luego vendrían otros centros escolares, la Escuela Normal del Magisterio de Melilla, donde me convertí en maestro, la Facultad de Filosofía y Letras de Sevilla, donde me licencié en Filología Moderna, una multitud de escuelas y colegios de diferentes rincones de nuestro país, donde pude ejercer mi vocación...; pero como el Instituto de mi infancia y juventud ninguno me despierta mejores recuerdos.
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