domingo, 24 de mayo de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN CUADRAGÉSIMO TERCERA

43.-   Un Centro Escolar:   EL INSTITUTO NACIONAL DE ENSEÑANZA MEDIA   ( III )

         En el Instituto, donde el tema religioso sólo era una cuestión de aprobar o no una asignatura que tenía la consideración de “María” no producía ni fidelidades extremas ni desencantos bruscos. En materia religiosa cada cual iba a su aire y al terminar el bachillerato los caminos seguidos no tenían nada que ver con situaciones vividas anteriormente.

         Yo fui alumno del Instituto porque lo preferí y también porque nuestra situación económica no nos permitía otras historias y tengo que confesar que siempre guardé un excelente respeto hacía los otros dos centros, alguna que otra lógica rivalidad con los mismos y que me sentí siempre orgulloso de haber estudiado en él.

        Tuve excelentes profesores, como don José Boluda, que me enseñó a apreciar el hecho geográfico y una forma distinta de ver la Historia y don José María Antón, que despertó en mí el amor por la lectura y me animó a dar rienda suelta a mi imaginación, al atrevimiento a enfrentarme al papel en blanco para reflejar mis pensamientos y sentimientos, y que ambos fueron directores del centro; en la Lengua latina, que tantos quebraderos nos daba, tuve a don Carlos Posac y al bueno de don Lucas Lorenzo, cuya imagen nunca se me borró; en los números y problemas me las vi con don Juan Carballa y con don Ángel Ariños y tengo que confesar que aunque lo mío eran las letras, no se me dieron mal las Matemáticas; cómo olvidar a la inmensidad de la Señorita Maria Pimentel, que nos puso en contacto con el Francés, o a las indicaciones en torno al dibujo del siempre singular don Miguel Delgado; al igual que al Presidente del Tribunal de Ingreso en el Instituto, que luego me impartiría la asignatura de nombre tan rimbombante como de Ciencias Cosmológicas, el señor Sainz Pardo. Recuerdo también a los dos sacerdotes que nos impartieron las clases de Religión, los dos nombrados por José, y por diferentes motivos que no vienen al cuento señalar, los padres Fernández y Manresa; así como a los profesores de Educación Física y Formación Política, nuestro buen amigo mayor Manuel Corbí y a don Lorenzo Villalobos. Otros no lo fueron tanto y hasta sus nombres olvidé.


            Fui un alumno del montón, aprobando en junio con notas no muy brillantes y con sólo dos o tres suspensos a lo largo de los seis cursos de bachillerato que estudié. Pertenecí a aquella promoción que comenzó con siete cursos el bachillerato y con Examen de Estado y que al pasar a quinto curso se vio con la implantación de los dos tipos de bachilleratos, el Elemental después del cuarto curso y el Superior al terminar sexto, con sus correspondientes Reválidas; lo que quiere decir para perjuicio nuestro, que nos comimos un curso o que comprimieron los tres últimos en sólo dos, con lo que partes de las materias exigidas no las vimos ni en pintura.


            Por curiosidad, ¿se imaginan lo qué costaba la matrícula de ingreso en el Instituto por aquellos años?, cinco pesetas en papel de pagos al Estado y otro durito en metálico.


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