En el Instituto, donde el tema religioso sólo era una cuestión de aprobar o no una asignatura que tenía la consideración de “María” no producía ni fidelidades extremas ni desencantos bruscos. En materia religiosa cada cual iba a su aire y al terminar el bachillerato los caminos seguidos no tenían nada que ver con situaciones vividas anteriormente.
Yo fui alumno del Instituto porque lo preferí y también porque nuestra situación económica no nos permitía otras historias y tengo que confesar que siempre guardé un excelente respeto hacía los otros dos centros, alguna que otra lógica rivalidad con los mismos y que me sentí siempre orgulloso de haber estudiado en él.
Tuve excelentes profesores, como don José Boluda,
que me enseñó a apreciar el hecho geográfico y una forma distinta de ver
Fui un alumno del montón, aprobando en junio con notas no muy brillantes y con sólo dos o tres suspensos a lo largo de los seis cursos de bachillerato que estudié. Pertenecí a aquella promoción que comenzó con siete cursos el bachillerato y con Examen de Estado y que al pasar a quinto curso se vio con la implantación de los dos tipos de bachilleratos, el Elemental después del cuarto curso y el Superior al terminar sexto, con sus correspondientes Reválidas; lo que quiere decir para perjuicio nuestro, que nos comimos un curso o que comprimieron los tres últimos en sólo dos, con lo que partes de las materias exigidas no las vimos ni en pintura.
Por curiosidad, ¿se imaginan lo qué costaba la matrícula de ingreso en el Instituto por aquellos años?, cinco pesetas en papel de pagos al Estado y otro durito en metálico.
No hay comentarios:
Publicar un comentario