Cuando ya habíamos visto la película o las dos, si
era de sesión doble, por el carácter continuo de las mismas, nos dedicábamos a
corretear, a subir y bajar, con la doble molestia para los que aún no las
habían podido ver, la de nuestras carreras y la del ruido que hacíamos al
correr sobre el suelo de madera. Estos llamaban en principio al acomodador o
guarda a voces con lo que se originaba un alboroto mayor y cuando llegaba éste
nos encontraba sentaditos, muy modosos y quietos como verdaderos angelitos o
emprendíamos el descenso de las escaleras para salir del cine antes de que nos
echaran.
Aquel suelo de madera también era ideal para patear sobre él, con el consiguiente jaleo que se producía, cuando, por ejemplo, aparecía Tarzán, el Jhonny Wesmuller de nuestros tiempos, que no sé si se escribirá así ni me voy a molestar en comprobarlo, para salvar a la guapa Ale y siempre siguiendo las indicaciones o llamadas de sus fieles amigos, los animales, y muy en especial de la sabia y simpática Chita o para corear a pleno pulmón la llegada de la Policía Montada del Canadá o la Brigada Ligera de Caballería en aquellos filmes en que aún desafortunadamente estábamos a favor de los yanquis en su lucha contra el pobre piel roja. Claro, que luego aparecería Jerónimo y otros cabecillas de los sioux, de los apaches y de otras tribus e irían cambiando nuestros afectos.
Allí, en su gallinero y a pesar de nuestros pocos años, descubrimos también algunas de las miserias del género humano. De vez en cuando y eso que estaba prohibido fumar en la sala, un olor penetrante de grifa o de kifi llegaba a nuestro olfato, destacándose del tabaco negro o picadura que se fumaba a hurtadillas, encerrando el cigarro entre las manos para que el vigilante no viera el rescoldo que aumentaba al dar una calada. A veces el aire se hacia irrespirable y nos producía picor en los ojos y en la garganta, sensación de ahogo y tosíamos con frecuencia, formando parte del coro de voces en tono bajo, de siseos y risas.
En él descubrimos la existencia de maricas y sátiros, más por vicio que por natural inclinación al otro sexo, que buscaban principalmente carne joven y que se te acercaban con disimulo para intentar toqueteos y que en ocasiones, a cambio de algunas perrillas, conseguían que algunos chavales o jovencitos se dejasen masturbar, con lo que otros sonidos, como el del jadeo, entraba a formar parte de aquel extraño concierto. Menos mal, que nosotros casi siempre íbamos en pandilla y conocíamos la manera de espantar a aquellos degenerados y depravados personajes, que como indicaba antes no tenían nada que ver con inclinaciones reales de homosexuales. No faltaban tampoco aquellas damas de trajes ajustados, faldas más cortas de los normal y provocativos escotes, con exceso de pintura en sus rostros, que convertían en casi máscaras, de enormes pelambreras y con olor a perfume barato que ejercían parte de su prostitución o encontraban allí pareja para su posterior ejercicio en cualquier recóndito rincón de la ciudad.
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