RAZÓN CUADRAGÉSIMA
40.- Un cine: EL NACIONAL ( I )
Dos grandes cines teníamos en la ciudad en nuestra
niñez, el Nacional y el Monumental y el haberme inclinado por el primero de
ellos viene justificado por las razones que a lo largo de este apartado
expondré.
Bien pude haberme inclinado por el que por sus
características urbanísticas y su nombre, perfectamente escogido, el
Monumental, ya que sólo había que verlo para que te impresionara por su
grandeza y más desde la perspectiva de nuestra poca edad, que equivalía también
a pequeña estatura. Nos decían que el mérito de esta obra era el armazón de hierro
que la sostenía, que fue encargado y ejecutado por una empresa mundialmente
famosa de Alemania, cuyo nombre no recuerdo; pues estéticamente no despertaba
nuestro interés, porque quizás era demasiado monótono. Era mucho más
interesante en su interior, por su extraordinaria altura y porque además de que
su salón fuera enorme, no había ningún elemento que le estorbara, dejando todo
diáfano. Desde sus butacas mirabas al techo y te perdías, tenías la sensación
de ser aún más pequeñajo y si te sentabas en el extremo de una de las filas,
para confirmar lo anteriormente dicho, veías demasiado lejos la otra pared.
Claro que para nosotros la perspectiva más habitual era la que teníamos desde
la platea o gallinero, desde donde también se podía comprobar su monumentalidad.
Nada, que el nombre le venía pintiparado, como anillo al dedo.

( CINE MONUMENTAL)
Sin embargo, siempre tuvimos una cierta predilección
por el Teatro Cine Nacional y ello sería por diferentes causas que influirían
en mayor manera entre los niños. La primera de todas, sin duda, eran aquellas
matinales de los domingos y festivos, en las que el público infantil se
convertía en protagonista.




Estas veladas congregaban a la chiquillería en torno
a las películas de aventuras, del oeste americano, de las que llamábamos de risa
con el gordo y el flaco, Cantinflas, los Hermanos Marx o el feo Fernandel,
entre otras, sin olvidar a los clásicos de los dibujos animados. Todo ello
salpicado con los “trailers” de los próximos estrenos, del Nodo y de los cortos
de dibujitos de Popeye, del ratón Mickey o de Tom y Jerry. Con el preámbulo de
poder comprar chucherías en el mismo patio de butacas a aquellos hombres que
con una amplia canasta repleta de ellas, recorrían los pasillos laterales y
central del patio de butacas para atender la demanda continua de la ruidosa
chiquillería o la de poder participar en aquellas rifas que organizaban sobre
la marcha, vendiendo unas tiras de papel de colores con números y que tenían
como premios juguetes, como reproducciones de motos y coches de lata para los
niños o la Mariquita
Pérez para las niñas, que eran expuestos en la boca del
escenario; incluso que a veces sorteaban, como reclamo para que la gente
menuda, muchas veces acompañados de sus mayores, acudiera a estas sesiones, con
el número que aparecía en las entradas.

( INTERIOR ANTIGUO TEATRO NACIONAL )
El Nacional además tenía un gallinero que era más
divertido y apropiado para nuestras fechorías. Entrábamos por una pequeña
puerta que había en el lateral derecho del amplio hall de la entrada principal
y en donde se encontraban las taquillas, subíamos las escaleras de dos plantas
para llegar a una sala bastante grande, sin asientos de butacas y sí con
bastantes filas de bancos corridos de madera, como las gradas de los antiguos
campos de fútbol, aunque algo más bajitas.
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