Sus aficiones de jovencito se van afianzando y
adquiere en ellas una destreza extraordinaria. Todavía guardo con una gran
fidelidad en mi memoria aquel barco en miniatura que construyó cuando aún
estaba en nuestra ciudad y siendo un jovencito; fabricando él mismo los planos
de las múltiples piezas que lo conformaron posteriormente, ejecutando éstas con
una paciencia infinita, pues muchas se le perdían entre sus dedos algo porrudos
y siguiendo los mismos pasos que él veía que se seguían en el varadero que
existía junto al Club Marítimo, en el puerto de Melilla, ya que por entonces no
se encontraban estos en las tiendas. Empezando por el armazón de la quilla, que
nos parecía a los pequeños como las costillas que protegen nuestros pulmones o
como las espinas de los grandes cetáceos, forrándolo después con tiras de
madera fina, colocando más tarde la cubierta sin olvidar las barandillas ni
ningún elemento que la completaba, tales como mástiles, velas, cuerdas, ojos de
buey, anclas, etc., y todo de un tamaño tan reducido que exigía una gran
delicadeza y una mejor vista, además de la paciencia antes citada y trabajando
la madera con herramientas construidas por él y donde nunca faltaban las
cuchillas ya usadas de afeitar, la segueta y los pelos que se usaban en
marquetería y el pegamento Imedio.
Fueron más de uno los barcos que construyó en la vida, porque se sentía atraído por el mar y la prueba más evidente de ello es que disfrutó mucho en sus ratos de ocio con la aventura de las pesca submarina, especialmente con la caza y captura del mero entre los fondos rocosos de las costas andaluzas y de los alrededores de Melilla y hasta se atrevió a hacer en unión de su hijo, en un pequeño velero, la travesía entre Almería y Melilla, lo que nos pareció a todos una auténtica locura.
Cada elemento tuvo su época, su tiempo, pues los aviones dieron paso a los coches con motor y teledirigidos. Cuántos restos de aviones como alas de madera y cubiertas de plástico, por ejemplo, colgaban aún en las paredes de su cuarto de trabajo, como verdaderas reliquias de tiempos pasados. Comenzó entonces, con los coches monoplazas de carrera. Aquí poco podía fabricar él; pero sí cuidar los motores, reciclarlos, mejorar su potencia, tenerlos siempre a punto, para hacerlos correr por el asfalto de las calles en exhibiciones que dejaban boquiabiertos a pequeños y mayores.
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