Manolo tenía una habilidad especial para embobarnos
a todos los miembros de la pandilla. Era unos años mayor que nosotros, pocos,
pero la calle era de todos y nadie desentonaba por unos años de más o de menos,
todos cabíamos en ella.
Su habilidad, entre otras que tendría, era la de su afición al dibujo, a los tebeos y la facilidad con que reproducía a sus personajes. Dibujos que hacía además de memoria, sin fijarse.
Pronto, cuando cogía el lápiz y se sentaba en cualquier escalón o poyete, el corro se formaba alrededor; algunos, mirando por encima de sus hombros, que así se veía mejor su obra, otros acercándose por los lados, que con tanto apretujón casi le impedían realizar su tarea; sin embargo, él los hacía sin preocuparse de nadie ni de nada.
Tan pronto aparecía Carpanta, despertando alguna risa, como Gordito Relleno o las Hermanas Gilda.
Se establecía entonces entre los pequeños algunos empujones para intentar descubrir cuanto antes el personaje que dibujaba y una pequeña competición, que a veces tenía como desproporcionada recompensa la de llevarse en propiedad el dibujo, que era más extraordinaria aún, cuando cualquiera de nosotros conseguía una hoja completa con una docena de nuestros héroes infantiles y sobre todo, si no faltaban ni Zipi y Zape.
Manolo Minerva estudio en el colegio de los Hermanos de la Doctrina Cristiana de la Salle y al terminar el bachillerato se marchó a Granada como la mayoría de los chicos, cuyos padres tenían posibles, equivalencia a medios económicos, para estudiar una carrera universitaria, eligiendo él la de Medicina.
Antigua Facultad de Medicina de Granada
Desde entonces no le he vuelto a ver; pero tengo la lejana idea y la verdad no sé quién me lo contó, que estuvo o está de Director del Hospital de Murcia.
Era un tipo bragado, tirado para adelante; pero no precisamente y aunque pueda parecer una contradicción, de los que buscaba el jaleo o la pelea.
Recuerdo que en aquellos tiempos, lo mismo en Melilla que en la mayoría de los pueblos y ciudades del país, como casi siempre estábamos en la calle, pues en las casas respectivas pocas cosas nos retenían que no fuera el mandato de nuestros padres a permanecer en ella y en horas determinadas y de casi obligado cumplimiento, se organizaban para variar y en busca de aventuras, salidas a otros barrios en pandillas, al igual que se recibían a otras en el propio y la mayoría de la veces en claras actitudes bélicas; sobre todo, cuando había chicas por medio, a las que había que proteger de los invasores o intrusos o enamorarlas en las salidas, que tampoco casi nadie era profeta en su barrio.
Como el nuestro prácticamente estaba en el centro de la ciudad moderna, en cierto modo nos tenían por niños “litris”, lo que equivaldría hoy a “hijos de papá” o “pijos”, nada más lejos de la realidad, pues puedo señalar sin ánimo ni necesidad de justificación, que de verdad y salvo raras excepciones, no lo éramos y ni siquiera teníamos ese sentimiento.
En más de una ocasión nos vimos obligados a regresar a nuestro redil, tomando las de Villadiego o dándonos, como se decía entonces, patadas en el trasero y con el rabo entre las piernas, con algún que otro escalabrado fruto de aquellas contiendas con lanzamientos de piedras, que al llegar a su casa se vería obligado a inventarse cualquier historia que justificase la herida en la cabeza y que en el fondo sabíamos que no sería creída por nadie de su familia.
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