martes, 28 de abril de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN TRIGÉSIMO QUINTA

35.-   Un "tontódromo" en determinadas horas: LA AVENIDA

         A la fuerza teníamos que atravesar la Avenida para llegar a ella, para encontrarnos en aquella pequeña plazoleta, donde a veces quedábamos como lugar de encuentro con otros amigos, y que se encontraba delante de la fachada principal de la iglesia.

     Para los mayores la Avenida era la arteria principal y la más importante vía comercial de la ciudad. Allí había excelentes tiendas de ropa, tanto masculina como femenina, joyerías, establecimientos de artículos de regalos, relojerías, bancos, tiendas de electrodomésticos, estanco, sombrerería, cafeterías, un gran hotel, el Casino Español, ferretería, papelerías y librerías, heladería y confitería... La verdad que todo se podía comprar en comercios ilustres como La Reconquista, Escaño, Madrid, la Casa de Baños, Boix, Ochoa, El Candado, la Hispana..., que se encontraban en los bajos comerciales existentes en aquellas viviendas modernistas, en su mayoría proyectadas por aquel discípulo de Gaudí, don Enrique Nieto y Nieto, que deben constituir en el orden urbanístico un orgullo para todos los melillenses y que en ocasiones tienes que estar fuera de la ciudad para mejor apreciarlo y valorarlo en su justo término.


           Cuando paseamos, razón obvia, vamos mirando hacia delante, a derecha o izquierda o al mismo suelo para evitar posibles obstáculos y rara vez nuestra mirada se dirige hacia arriba sin necesidad. Este último ejercicio visual debería ser obligatorio, perdónenme la exageración, en nuestra Avenida.

         Qué de balconadas con figuras de animales en relieve y bien trabajado su hierro, qué cantidad de ventanales bellamente enmarcados y de una variedad notable, qué caprichosas arcadas con diseños atrevidos y remates en las azoteas, qué armonía de colores y no sé cuantas cosas más despiertan la admiración del visitante que jamás piensa poder encontrarse con tal cantidad de ejemplos de la arquitectura modernista en un espacio tan reducido.


            Cuando vas cumpliendo los años acudes con otros intereses a la Avenida, sin olvidar las compras que ya no son principalmente para los mayores, pues cada cual empieza a tener edad para ellas también. Y entras a formar parte de lo que más de uno considerábamos como el “Tontódromo”. Me explico con ejemplos, si el canódromo es el lugar donde corren y se lucen los perros, si Lasarte cuenta con un hipódromo famoso en donde se hacen célebres los caballos que lo recorren, si el autódromo es el lugar de competición de los autos, si el aeródromo es el rincón destinado a los vehículos que vuelan, ¿cómo llamar al lugar donde todos van de arriba para abajo y de abajo para arriba, aún sin cuestas, tonteando?


            Y es que la Avenida por aquellos años se quedaba sin tráfico rodado a una determinada hora y cedía el paso al tránsito de las personas dentro de unos límites y concentrado principalmente en las proximidades de la plaza del Sagrado Corazón. Era, como existían en la mayoría de pueblos y ciudades, el lugar de encuentros, donde en el atardecer y hasta que se cansaban los últimos, los pesados de siempre, se reunían los jóvenes y los menos jóvenes para pasear y otros menesteres, entre los que se encontraba, por ejemplo, el ligar. Cuántas parejas nacieron de aquellas idas y venidas sin ningún rumbo y que conducían a ninguna parte. Los que no estábamos emparejados formando grupos, los chicos por una parte y las chicas por otra, nos cruzábamos en el camino o perseguíamos los unos a las otras, surgiendo bromas, palabras más o menos agradables y acertadas, intercambiando miradas y sonrisas, ahogando grititos ellas a veces y galleando nosotros casi siempre; sin que faltaran empujones, roces y hasta atrevidos y disimulados toques, que a cambio podía traducirse en bofetón al autor o al inocente compañero que caminaba a su lado, que no salía de su sorpresa inmediatamente mientras le escocía el rostro, o en una retahíla de improperios o palabrotas que eran casi algo más que pecados veniales. Unos, los primerizos, paseaban para con el paso del tiempo ingresar en la nómina de los mayores, haciendo méritos para ello; en tanto que otros paseaban por el puro placer de pasear, conversando tranquilamente o gozando con los mismos silencios, que nunca faltaban. Había pequeños que correteaban entre los mayores, molestando a los paseantes y siendo invitados, sin éxito, a que se marcharan con sus juegos infantiles a otra parte. Muchos lo hacían por rutina, porque en algo había que ocupar el ocio, ya que no existía la televisión ni los ordenadores por entonces.

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