RAZÓN TRIGÉSIMO QUINTA
35.- Un "tontódromo" en determinadas horas: LA AVENIDA
La segunda razón era la de degustar los ricos helados de la Ibense, de mayor variedad y calidad, que así nos los parecían por entonces, que los que nos ofrecían en la heladería que teníamos más cercana a nuestro domicilio, en la calle Aizpuru, El Buen Gusto y que visitábamos con más frecuencia por esa misma razón y porque los dueños eran los padres de unos amigos nuestros. Al igual que los polos tenían que ser los de Morillas, comprándolos en la misma fábrica que tenían en la calle Marina o en los carrillos de mano que paseaban por todas las calles de la ciudad, con aquellos premios que salían grabados en los palos y que consistían en que te daban otro presentándolo en la “polería”, con tantos colores y sabores diferentes, que rechupeteábamos con lentitud para que no se gastaran inmediatamente, después de quitarles la funda de papel y que dejaban nuestra lengua y labios ligeramente pintados de los colorantes que aplicaban a cada sabor. A mí me encantaban y no sé el porqué, los verdes de menta y los de naranja, no tanto los de limón ni los de chocolate. Los buenos helados tenían que ser los de
Y la tercera razón era la de ser paso obligado para ir al Sagrado Corazón de Jesús, nuestra iglesia, donde me bautizaron e hice la Primera Comunión, donde iba a misa algunos domingos, no todos, porque desde niño no ejercí de cristiano practicante por diferentes circunstancias de mi vida y por qué no decirlo, por pereza y porque no comprendía muchas cuestiones y principalmente, porque no crecí en ese ambiente. Desde pequeño odiaba la rutina y siempre estaba envuelto en ella; no me gustaba el latín porque no entendía nada, era algo tímido y me daba vergüenza casi todo, hasta que me mirasen, lo que hacía subir el color a mis mejillas, con un gran sentido del ridículo por lo que temía equivocarme en los movimientos, gestos y rezos de la liturgia dominical; me aburrían también porque casi siempre todo giraba en torno al pecado y sus terribles consecuencias en los sermones que desde el púlpito nos lanzaba el ofertante de turno, por no decir que a veces me llenaban de inquietud y hasta de miedo aquellas regañinas a los que allí estábamos que casi éramos culpables de todo.
En tanto que los que no asistían no se enteraban de los innumerables riesgos que tenía la vida, de los peligros del mundo, del demonio y de la carne y seguro que dormían más tranquilos y encima no les reñía el cura porque no estaban presentes. Por todo ello, terminé por apuntarme a esta legión cada vez más numerosa de los cristianos de carné por el bautismo. Eso sí, cuando iba a misa siempre hacía enormes esfuerzos por seguirla con atención y de forma respetuosa, guardando silencio, porque aunque parezca contradicción, de verdad que creía que me encontraba en la casa del Señor, molestándome incluso la actitud de aquellos amigos, ya que nunca íbamos solos, que charlaban todo el rato, se reían, entraban y salían cuando les parecía y no esperaban nunca a que terminase y se marchara el cura del altar, seguido de sus fieles monaguillos.
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