Qué malo tenía el jugar a la pelota en el parque o
que le diéramos, eso sí, sin querer, un pelotazo a una buena señora que pasaba
por allí. De verdad que no entendíamos el porqué de ponerse en medio de nuestro
improvisado campo de fútbol, en lugar de pasar por otro lugar, que el parque
era grandísimo.
Qué daño hacíamos refrescándonos, después de tanto correr y correr, dirigiendo el chorro de la fuente de beber para que el agua llegara a todos, incluso a los que no la querían o no participaban a veces en nuestros juegos; acaso esto no era hasta divertido.
Por qué interpretaban como algo malo, que además lo habíamos aprendido hasta en la escuela, aquello de que el camino más corto era el recto y su aplicación en la vida real cruzando por medio de un jardín o teniendo que atravesar un seto para evitar ser cogido o sencillamente para llegar antes o el primero. Es más, las competiciones no las habíamos inventado nosotros, que nos las enseñaba continuamente la vida misma y en cada instante.
Quién se atreve a decir que los dátiles no estaban ricos e incluso que nos ponían tan altos los frutos de las palmeras que nos obligaban a coger tan delicioso manjar tirándoles piedras.
Por qué no entendían que molestásemos a las parejas de enamorados que había en los bancos y en la oscuridad, ambos demasiado juntitos, cuando el mismísimo cura, al que por entonces besábamos su mano cuando lo veíamos por la calle, nos decía que allí estaban pecando y hasta, pensaban algunos, que podríamos salvarlos así, con nuestras intervenciones, del fuego eterno, del mismo infierno. Aunque algo no debía de funcionar bien en todo esto, pues nuestras molestias no servían para que dejaran de pecar y sí para que se acordaran de nuestros progenitores y difuntos.
Por qué nos obligaban a saltar o a meter nuestra cabeza, que cuando pasaba ésta pasaba todo el cuerpo, salvo en raras ocasiones, entre los barrotes de la verja para entrar o salir del parque en lugar de tener que ir hasta las puertas, algunas de las cuales a veces permanecían cerradas.
Qué malo había en el querer entrar a algún espectáculo sin pasar ni por la taquilla ni por la puerta, colándonos, si en la mayoría de las veces no teníamos ni siquiera una perra gorda, de aquellas que llamaban “barbúas”.
No les agradaba ni que corriésemos, así no podíamos tener campeones olímpicos, ya que a todos los niños españoles en todos los parques de España, pensábamos que les ocurría lo mismo que a nosotros; hasta tal punto que cuando lo hacíamos y nos dábamos de cara con ellos, parábamos en seco, disimulábamos durante unos segundos y reanudábamos de nuevo la carrera a los pocos pasos. Pues anda que no te fastidiaba un montón el que encima del frenazo obligado te cogieran jugando a un “pilla-pilla” por culpa de un guarda.
Con lo bien que se podía uno esconder entre tanto follaje; pues ni esto nos dejaban hacer. Menos mal que el parque era muy grande y ellos escasos.
¿Tendrían hijos ellos? Pues claro, pero tampoco los dejarían jugar en el parque.
Qué mal hacía, entre miles de flores, que cogiéramos un día, no todos, unas pocas para regalársela a la niña nueva que había llegado al barrio y que nos enamoraba de pronto y en principio a todos porque hablaba muy fino y a la que había que causarle una grata y delicada impresión.
Sin embargo, a los perros que iban haciendo todas sus necesidades por todas partes no les decían ni hacían nada y menos aún cuando iban con sus dueños, que hasta los saludaban sonriendo. Con el asco que nos daba cuando pisábamos alguna “catalina” y lo que teníamos que aguantar, de bromas, por parte de los compañeros.
Muchas razones para no llevarnos bien con ellos, para no entendernos, ¿verdad?
Claro que, un parque sin guardas también debía de ser demasiado aburrido.
Y desde nuestro mirador, desde aquellos dos ventanales enormes de nuestra casa, veíamos cimbrearse por mor del viento, como meciéndose, las altas palmeras, que como vigías y voceros permanentes pregonaban la grandeza de este parque Hernández, orgullo de todos los melillenses.
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