Por otra parte, otro pasatiempo infantil en torno al
parque, que se convertía en auténtica competición, era el de recorrer todo su
cerramiento, subido en él y sujetado a su verja de hierro, sin tocar la acera,
salvo en las puertas grandes, ya que las pequeñas las cerrábamos y pasábamos
también sobre ellas. Tenía esta experiencia como grandes dificultades los
pilotes que de trecho en trecho existían entre las rejas, a los que no
alcanzábamos a rodear con nuestros brazos por sus dimensiones y que teníamos
que salvarlos sujetándonos con las manos en unas ranuras que presentaban a
diferentes alturas y apoyando los pies en un borde que no tendría más de cinco
centímetros. El resbalar y caer no tenía gran riesgo, pero sí te producía el
enfado correspondiente, ya que te veías obligado a volver al principio de la
ruta, lo que suponía además quedarte el último. Aunque ello tenía un único
consuelo, que las caídas por diferentes motivos eran frecuentes y no resultaba
demasiado complicado lo de dejar los puestos de cola, al igual que volverlos a
ocupar.
Y ya que hablo de su verja, viene a mi memoria la existencia de unas ramitas, de grosor como de un cigarrillo, prietas y que crecían como enredaderas, a las que llamábamos, sin tener nada que ver con la manzana y sin saber tampoco el porqué, sidra, que utilizábamos al igual que la matalahúva como anticipos de los primeros cigarros; cortándolas en trozos aproximadamente del mismo tamaños de éstos, lo encendíamos y en lugares recónditos y sin apenas luz, chupa que te chupa, dábamos nuestros primeros pasos en esto de sentirnos hombres antes de tiempo, identificando al tabaco y su consumo con la mayoría de edad y con el fruto prohibido.
Sin olvidar tampoco que éstos, salvo los que claramente pertenecían a los que llamaban por entonces de la acera de enfrente, los de la cáscara amarga, que no faltaban, los mariquitas azúcar para los pequeños o maricones para los adultos, que por aquellos años casi nadie estaba sensibilizado con el tema de la homosexualidad, sino todo lo contrario, aprovechaban esta estancia en el parque para intentar pegar la hebra con las que hacían el mismo servicio doméstico que ellos, pero en mujer, las chachas, las criadas, y con un sueldo que era también, salvo raras excepciones, escaso, por aquello del abuso ante la mucha oferta... Era corriente ver parejas de este tipo, incluso algo relajados en el cuido de los respectivos niños, que el amor tiene y tenía igualmente en antaño, entre otras cosas, lo de ser bastante absorbente y no dudo tampoco de que de aquellas relaciones, en principio pasajeras y coyunturales, pudieran surgir otras más estables, que alargaban la estancia del muchacho algo más o mucho más que la habitual de su servicio militar obligatorio con la patria y que les llevara a una mayor y distinta obligación de cuidar niños propios y no ajenos. Aunque esta especie entró en peligro de extinción con el paso de los años, casi llegando a su total desaparición, por lo menos para estos menesteres y otros, con la llegada de un Comandante General, que cambió muchas cosas cuando fue destinado a nuestra ciudad y que por ello fue un personaje controvertido, no sólo para los militares, sino también para la población civil y que se llamaba Gotarredona.
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