domingo, 19 de abril de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN TRIGÉSIMO TERCERA

33.-   Un pulmón verde: EL PARQUE HERNÁNDEZ   ( V )

        Por otra parte, otro pasatiempo infantil en torno al parque, que se convertía en auténtica competición, era el de recorrer todo su cerramiento, subido en él y sujetado a su verja de hierro, sin tocar la acera, salvo en las puertas grandes, ya que las pequeñas las cerrábamos y pasábamos también sobre ellas. Tenía esta experiencia como grandes dificultades los pilotes que de trecho en trecho existían entre las rejas, a los que no alcanzábamos a rodear con nuestros brazos por sus dimensiones y que teníamos que salvarlos sujetándonos con las manos en unas ranuras que presentaban a diferentes alturas y apoyando los pies en un borde que no tendría más de cinco centímetros. El resbalar y caer no tenía gran riesgo, pero sí te producía el enfado correspondiente, ya que te veías obligado a volver al principio de la ruta, lo que suponía además quedarte el último. Aunque ello tenía un único consuelo, que las caídas por diferentes motivos eran frecuentes y no resultaba demasiado complicado lo de dejar los puestos de cola, al igual que volverlos a ocupar.


            Y ya que hablo de su verja, viene a mi memoria la existencia de unas ramitas, de grosor como de un cigarrillo, prietas y que crecían como enredaderas, a las que llamábamos, sin tener nada que ver con la manzana y sin saber tampoco el porqué, sidra, que utilizábamos al igual que la matalahúva como anticipos de los primeros cigarros; cortándolas en trozos aproximadamente del mismo tamaños de éstos, lo encendíamos y en lugares recónditos y sin apenas luz, chupa que te chupa, dábamos nuestros primeros pasos en esto de sentirnos hombres antes de tiempo, identificando al tabaco y su consumo con la mayoría de edad y con el fruto prohibido.
        
      Otro hecho imborrable del Parque Hernández en los atardeceres y en especial cuando hacía buen tiempo, era el ver a los asistentes, soldados de reemplazo normal y que de paisanos llevaban a los pequeños hijos de oficiales del ejército a este lugar, al igual que los podían acompañar al colegio u otros sitios; era algo así y no lo digo con el ánimo de molestar a nadie y menos a ellos, como muchachos de servir gratuitos, entendiéndose como normal, como un privilegio más que tenían los militares en una ciudad eminentemente castrense por los cuatro costados. Destino apetecido en no pocas ocasiones por los mismos soldados y familiares, que hasta buscaban recomendaciones para ello y que dependía en mucho de sus habilidades, puestas éstas al servicio principalmente de la consorte del jefe, que no sólo encontraba una economía importante en ellos, pues algunos valían para todo, sino que resolvían bastantes ataduras, sobre todo de tiempo, con la gente menuda, cosa que les permitía una mayor actividad social en el Casino, el Club Marítimo o la Hípica.

         Sin olvidar tampoco que éstos, salvo los que claramente pertenecían a los que llamaban por entonces de la acera de enfrente, los de la cáscara amarga, que no faltaban, los mariquitas azúcar para los pequeños o maricones para los adultos, que por aquellos años casi nadie estaba sensibilizado con el tema de la homosexualidad, sino todo lo contrario, aprovechaban esta estancia en el parque para intentar pegar la hebra con las que hacían el mismo servicio doméstico que ellos, pero en mujer, las chachas, las criadas, y con un sueldo que era también, salvo raras excepciones, escaso, por aquello del abuso ante la mucha oferta... Era corriente ver parejas de este tipo, incluso algo relajados en el cuido de los respectivos niños, que el amor tiene y tenía igualmente en antaño, entre otras cosas, lo de ser bastante absorbente y no dudo tampoco de que de aquellas relaciones, en principio pasajeras y coyunturales, pudieran surgir otras más estables, que alargaban la estancia del muchacho  algo más o mucho más que la habitual de su servicio militar obligatorio con la patria y que les llevara a una mayor y distinta obligación de cuidar niños propios y no ajenos. Aunque esta especie entró en peligro de extinción con el paso de los años, casi llegando a su total desaparición, por lo menos para estos menesteres y otros, con la llegada de un Comandante General, que cambió muchas cosas cuando fue destinado a nuestra ciudad y que por ello fue un personaje controvertido, no sólo para los militares, sino también para la población civil y que se llamaba Gotarredona.


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