sábado, 18 de abril de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN TRIGÉSIMO TERCERA

33.-   Un pulmón verde:   EL PARQUE HERNÁNDEZ   ( IV )

        El espacio más frecuentado por nosotros era el relatado al principio, lo que no quería decir que nos fueran desconocidos los otros tres cuartos, que visitábamos también, pero que considerábamos como algo más lejanos. Precisamente a su derecha y nada más atravesar las pérgolas circulares, que existían al entrar por las dos puertas citadas, había una fuente de agua potable, que no sé por qué razón era la que preferíamos con relación a las otras que en el parque había, a la cual acudíamos para aliviar nuestra sed o para jugar con el agua y ponernos perdidos, si no estaba el guarda, una vez satisfecha la misma y por riguroso orden de jerarquía, privilegio que siempre tenían los mayores y más fuertes si íbamos en manada.


            Junto a ésta o quizás sea más correcto señalar que ella se encontraba en las proximidades de otro bar, que como el de Las Flores, en el verano melillense, también contaba con orquestas para atraer y animar al público amante del baile o sencillamente de pasarlo bien oyendo música, conversando y haciendo más llevaderas las calurosas noches de la temporada estival de nuestra ciudad, que siempre en el parque, entre tanto verde, mejores sombras durante el día y los oportunos riegos, se hacían más soportables. Y la prueba más evidente de esto último era la costumbre que existía por aquellos años, en su cercanía y en el paseo central, de pagar una cantidad módica por el alquiler de las sillas, que eran de la Gota de Leche y que constituía otra fuente de ingresos, amen de la caridad y de su rifa para dicha asociación. Costumbre que era como una diversión o actividad social. Matrimonios con sus hijos, generalmente de corta edad, asistentes y muchachas uniformadas también con menores, pero sin sus padres: reuniones de jovencitos en sus primeros escarceos amorosos, donde privaba el juego de las prendas para obtener como recompensa el primer beso y pandillas de chicos galleando; mayores disfrutando de sus años y relatándose sus repetidas y muchas batallitas, las mismas de casi todos los días; parejas de novios ya estables y condenadas a una vicaría casi segura, que allí y por entonces, la fidelidad era muy bien vista. Voces, gritos, risas, carreras, siseos, llamadas al orden, llantos de bebés y mucha conversación, mucho uso de la palabra y hasta de los silencios; mientras el encargado de las sillas no paraba de entregarlas a unas horas y recogerlas a otras, hasta la tarde-noche siguiente y de vigilar para que nadie se sentara en ellas sin haber pagado el canon establecido y guardara para mostrarlo, sobre todo la chiquillería, el tique correspondiente.


            Y en este último juego entrábamos nosotros, no sólo porque carecíamos de la cantidad necesaria para el alquiler de las mismas, sino porque considerábamos aquel gasto como superfluo; ya que las pocas perras, chicas y gordas, que teníamos había que guardarlas para las chucherías del carrillo de María, para los polos de Morillas para ver además si salía la palabra regalo en el palito o para los helados de El Buen Gusto, para los tebeos de El Guerrero del Antifaz, de cuyo dibujante, M. Gago, nos decían que había iniciado aquellas aventuras cuando se recuperaba en el hospital de su tuberculosis, con lo que ganaba puntos para nosotros, amantes de lo morboso, o los de Hazañas Bélicas y otros; pero no para sentarse y menos aún habiendo bordillos y bancos gratuitos. A nosotros todavía, por los pocos años, no nos preocupaba la vida social, aunque la hacíamos inconscientemente y si íbamos allí era por mimetismo, porque otros iban, porque nos divertíamos agudizando también nuestro ingenio. Aparecíamos, no a primera hora, que para ese tiempo teníamos otras ocupaciones lúdicas, por supuesto; sino algo más tarde, cuando algunos comenzaban su retirada, dejando sillas libres que nos apresurábamos a coger, unas veces pidiéndoles el tique con el mayor descaro si no los conocíamos o por favor, si queríamos demostrar lo educadito que éramos. Si no obteníamos el favor no había problema, a disimular y a gozar del privilegio hasta que llegara el encargado y se llevara las sillas al comprobar que no teníamos el oportuno tique; resultando hasta divertido este pasatiempo, no ya el de sentarte, sino el de ver lo que durábamos hasta que nos dejaban sin asiento y volver a empezar en otro rincón, que el espacio era grande y contaba con bastantes recovecos. Curiosamente, pasábamos veladas en las que nadie nos molestaba y otras sin posibilidad alguna de poder sentarte, que todo dependía de la leche del encargado de turno, que no siempre era el mismo.

                                

        Algo a destacar del Parque de antaño era el aristocrático templete de música que existía junto a la fuente central y más próximo a la salida de la calle Marina, donde las diferentes bandas de Melilla, que las había en cantidad y buenas, pero principalmente la Municipal, daban sus conciertos en los atardeceres de los sábados y en las mañanas de los domingos y festivos y que congregaba a muchos melillenses en su torno, ya que siempre existió una gran afición en la ciudad a la buena música.

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