Escribe Saro Garandillas en su libro “Estudios melillenses. Notas sobre urbanismo, historia y sociedad en Melilla” un corto e interesantísimo apartado acerca de este parque nuestro, de sus orígenes y características, con un último párrafo que me atrevo a copiar y que comparto plenamente con él y que dice así:
“Podemos creer que en el futuro tanto como ahora el parque, admirado por extraños más que por propios, seguirá siendo el pulmón de Melilla, y que nuestros sucesores estarán persuadidos de la necesidad de su permanencia con el convencimiento de que solamente con él Melilla seguirá siendo Melilla
¡Qué de recuerdos!
Ahora que uno reside fuera de Melilla y sin ánimo de hacer comparaciones, por aquello de lo odiosas que resultan éstas, es normal que sienta nostalgia de este rincón donde posiblemente transcurrieron, por la proximidad a nuestro hogar, muchísimos momentos de nuestra infancia, señal evidente de que uno se va haciendo viejo.
Este apacible lugar, bello como pocos otros de la ciudad, permanentemente vivo por sus continuas transformaciones y por ser sitio de encuentros, de juegos para niños, de solaz para los que dejaron de serlo hace bastantes años; propicio para incipientes enamoramientos, para el simple paseo o la conversación sin prisas, dejó infinitas huellas en nosotros; de ahí que no sea extraño el afecto que le tenemos, aumentado en el tiempo y en razón de nuestra diáspora.
¡Qué de recuerdos!
Los Patos, el bar Las Flores, la pista de patinaje, el “Dancing”, las palmeras, sus fuentes con la central que aparecía y desaparecía como el río Guadiana según el gobierno de turno, la Caseta Municipal en las fiestas, sus paseos, las sillas, el templete de la música, las pérgolas, sus múltiples entradas...
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