viernes, 6 de marzo de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS Y PERSONAJES


RAZÓN VIGÉSIMO SEGUNDA

22.-   Un vehículo:   EL OPEL CARAVAN, FURGONETA


            La verdad y tengo que confesar con un cierto sonrojo, que yo nunca fui un experto conductor y por ello, viene a mi memoria una anécdota que me ocurrió un atardecer. Intentando aparcar el coche en la Plaza de Vigo, ante  un bordillo bastante elevado le di un golpe y sentí el ruido de un objeto al caer al suelo, me bajé y vi con el correspondiente enfado que faltaba el cristal del faro derecho. Pensé que del golpe se habría roto y era tal mi enfado que no reparé en comprobar donde habían quedado los restos del mismo y regresé al lugar donde ellos se encontraban para contarles lo que me había ocurrido, como si ello fuera un desastre imperdonable y juramentando una y muchas veces más que no volvería a coger el coche.


            Entonces me preguntaron, no sé quién, que qué había hecho con el cristal y yo les respondí que lo había dejado allí, que estaría hecho trizas. La tozudez de mi hermano, que siempre fue un cabezota, nos llevó de nuevo al lugar del golpe y cosa curiosa, lo que aumentó aún más mi enfado; 
éste se agachó y cogiendo algo del suelo, me mostró sonriendo el cristal e intacto, ya que sólo se había soltado con el golpe. Por la mañana y con la luz solar fue repuesto en su lugar y todo sirvió para demostrar que soy un trasto para los coches.

       Yo me quedé en Galicia y ellos regresaron, pasando antes por Castejón de Henares, para que los míos conocieran el pueblo donde estuvo destinado Clemente.


            A pesar de que lo tuvimos poco tiempo tuvo sus historietas y algunas de ellas nada agradables, pero que se pueden contar afortunadamente. En aquel viaje de regreso a Melilla, pasada La Roda de Andalucía, último pueblo de la provincia de Sevilla para adentrarse en la de Málaga, lloviznaba y el coche le hizo un trompo a Clemente, con la doble fortuna de que el vehículo quedara en la misma calzada y en el mismo sentido de la circulación, no viniendo ningún otro ni por detrás ni en sentido contrario, con lo que todo quedó en un tremendo susto y despertó la necesidad de beber mucha agua para acabar con la tremenda sequedad de sus bocas.


            En otra ocasión y en vísperas de la Navidad, cuando pensábamos dirigirnos a Melilla para pasarla con la familia, había que cumplir con el requisito habitual de llevar algunos juguetes para los pequeñines y para ello la compra de éstos se hizo en unos grandes almacenes de Sevilla. De regreso al pueblo y una vez en éste, en lugar de aparcar el coche en la puerta de casa se hizo en una plazoleta que daba acceso a la calle que conducía a ella y que además siempre estaba muy concurrida. No sabemos si fueron aquellas iniciales de ML que lucían en las matrículas o la hermosura del vehículo, las que invitaron a algún caco a hacer su fechoría; pero cuando ya de noche se acudió al mismo para recoger los regalos para guardarlos en casa, estos habían desaparecido y además sin ninguna señal de violencia. Nunca mejor dicho, en tal circunstancia alguien hizo los Reyes a nuestra costa.
        Clemente ya casado, yo destinado en otro pueblo, el mismo inconveniente de sólo poderlo tener con nosotros una temporada y el resto parado allí en Melilla, fueron suficientes razones para venderlo y así fue, encargándose de este menester mis hermanos mayores. Clemente se compró un Renault en Sevilla y curiosamente, yo pasé del coche más grande de mi vida a la versión creo más diminuta que se fabricaba en coche, aparte de los conocidos “biscuter” y “seíta”; pues me incliné por el modelo Mini, que dicho sea de paso, me costaba infinitamente menos trabajo el aparcarlo y que andaba también de locura.

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