Ya estábamos destinados en la Península para ejercer
el magisterio. Terminado el curso escolar de nuestro primer destino en la bella
ciudad del Tajo, en Ronda, nos desterraron a los dos a pueblecitos de
Guadalajara de menos de trescientos habitantes, de ahí que hable casi de
destierro y no de destino definitivo. Clemente fue a Castejón de Henares y yo a
Peralveche y al terminar aquellos dos años obligatorios y sabiendo que nuestro
destino estaba más cercano a casa, ya en la provincia de Sevilla, en El Viso del
Alcor y Tocina respectivamente, decidimos comprarnos aquel vehículo, el Opel
Caravan, aparentemente muy grande para los dos y aún sabiendo que sólo
podríamos gozar de él en
( PERALVECHE )
( CASTEJÓN DE HENARES )
Durante el verano nos movimos por la ciudad con el
nuevo coche e incluso nos permitió hacer alguna excursión a Marruecos en las
que nos acompañó nuestra querida madre, cosa casi impensable para ella, al
igual que algunas escapadas a la playa de
El primer curso que vivimos en la provincia de Sevilla, Clemente, que era el que mejor conducía, se trajo el coche a El Viso del Alcor y disfrutó de él mucho más que yo, haciéndome algunas visitas a Tocina acompañado de su ya novia formal, Rosa, de su madre y de una prima de ésta, que fue casi de nuestra familia con el transcurrir de los años por razones de afecto mutuo. Llegadas las vacaciones de Navidad y Semana Santa nos veíamos obligados a llevar el coche a Melilla y era éste, lógicamente, el vehículo que usábamos en nuestros desplazamientos hasta Málaga, donde lo embarcábamos. Y así andábamos, llevando y trayendo el Opel durante épocas.
Nos había costado el vehículo y lo recuerdo bien porque fue nuestro primer coche, unas ciento catorce mil pesetas, de las de entonces, pagadas en cómodos plazos y no faltaban en el pueblo quienes nos tentaban con comprárnoslo por cantidades que duplicaban el coste en Melilla. Cosa que no pensábamos hacer por aquellos años, amén de que tampoco podíamos hacerlo sin pagar los oportunos y reglamentarios impuestos.
Yo llevaba enrollado uno o dos años con una galleguita que conocí en la misma A Coruña, llamada Ana María, cuando estuve de profesor de voleibol en una de las Universidades de Verano de la OJE, que cada verano organizaba en diferentes ciudades y especialmente por el norte de nuestro país. Ya había estado, por ejemplo, el verano anterior en Gijón, en su suntuosa Universidad Laboral, junto a Clemente y Falo y siempre bajo la dirección de nuestro apreciado amigo Antonio de Antonio Campoy. Esta circunstancia animó a los míos a hacer una excursión a tierras gallegas y aprovechar el desplazamiento de mi madre para plantear el traje de novia de su hermana, Mª Ángeles que se iba a casar en fechas próximas.
Fue una experiencia extraordinaria aquella del viaje a Galicia. Yo, como estaba de vacaciones, me fui antes y con toda la impaciencia del mundo esperé la llegada de mi gente. Vinieron hasta Coruña mi madre, mi hermano Clemente, su novia Rosa y mis dos sobrinos, Marimel y José Ángel y estuvieron en ella unos cuantos días conociendo la ciudad y sus alrededores.
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