Cuando casi todos nos reuníamos en vacaciones la
casa era otra. Mi madre no sabía como atendernos mejor en la creencia cierta de
que como en la casa de uno no había nada y Maimona se esmeraba sobre todo a la
hora de la comida.
Marimel y José Ángel, terminados sus estudios, regresaron a Melilla y con el transcurrir del tiempo, al igual que nosotros con anterioridad, formamos nuestras respectivas familias. Las visitas nuestras a Melilla por motivos puntuales, alguna boda o bautizo, exposiciones pictóricas u otros acontecimientos, se fueron distanciando en el tiempo; pero cuando las hacíamos siempre nos encontramos con las mismas atenciones por parte de Maimona, que era la más servicial del mundo.
Recuerdo aquel año que fuimos las tres parejas: la de mi hermano Clemente y Rosa, nuestros queridos Diego y Carmen y Adela y yo, en la que lo pasamos fenomenal y que nos encontramos con que la mujer de Diego, a la que conocíamos familiarmente y con cariño como la “Chata”, que no estaba habituada a los nombres de allí, sin ninguna intención y con toda la educación del mundo, cuando se dirigía a ella la llamaba “Mamona”, que originaba nuestras llamadas de atención de que era Maimona, con “i”, y que hacían reír a ella misma, que no se veía afectada por aquel error involuntario.
Cuando mi madre dejó la casa para ingresar en una Residencia, donde estaba mejor atendida; aunque se acentuaba su soledad a pesar de estar rodeada de muchas más personas y le acompañaba la tristeza de abandonar el hogar de casi toda su vida, Maimona desapareció del mismo también y de nuestras vidas; pues aunque se hizo cargo de la portería del portal número 7, reemplazando a Luisa, la hija de Dolores, que fue la primera portera que conocimos y que nos quería a los “mellis” de locura, nunca más volvimos por allí ni la volvimos a ver, cosa que me hubiera agradado para darle un fuerte abrazo y mis gracias más sinceras y sentidas, no por lo que hacía por nosotros, sino por lo que hizo por mi bendita madre.
Gracias, Maimona, porque fuiste para nosotros algo
bien distinto a una criada o empleada del servicio doméstico.
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