Nunca queríamos que se acabara la noche; por eso
sentíamos pena al tener que recogernos. Algunos, entonces, provistos de cubos
recogían aquellas ascuas todavía encendidas para cubrir necesidades del día
siguiente o apagaban sus últimos rescoldos para llevarse en recipientes
metálicos los restos de maderas convertidos en carbón y su uso en jornadas
venideras. Aquello sí que era el fin.
Recuerdo que un año un grupo de estos y para no tener que hacer esta faena a horas demasiado avanzadas de la noche, se empeñaron en prender nuestra hoguera casi de día. Eran adultos y tenían la razón de su fuerza; pero nosotros no estábamos dispuestos a atender a sus razones y primero tratamos de evitarlo con palabras, con nuestras sinceras y legítimas quejas, pues aquella era principalmente nuestra obra. En vista de que el interés de aquellas personas estaba por encina de nuestras ilusiones y que pasaron a los hechos, nosotros también lo hicimos y por todos los medios que estaban a nuestro alcance tratamos de apagar lo que ellos encendían a base de echar tierra encima, con cubos de agua que nadie sabía de dónde salían, con pisotones, golpeando con ramas y con el riesgo de quemar nuestro calzado o la misma piel, hasta orinándonos con gran descaro encima de la incipiente candela. Menos mal que acudieron otros adultos y que nada tenían que ver con aquellos y sí con nuestras ilusiones y evitaron que prosiguieran en su intento, encendiéndose nuestra hoguera cuando se tenía que encender.
De niño veíamos como grupos de melillenses, principalmente jóvenes de ambos sexos, ruidosamente, hablando en voz alta con acompañamiento de grandes risotadas y gastándose toda clase de bromas, procedentes de otros rincones de la ciudad, pasaban por delante de nuestra hoguera, ya decadente, camino de la playa de San Lorenzo para pasar o terminar una velada divertida realizando juegos que nada tenían que ver con el efecto purificador de las aguas y sí con los deseos más variados.
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