lunes, 23 de marzo de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS Y PERSONAJES


RAZÓN VIGÉSIMO SÉPTIMA

27.-   Una noche:   LA VÍSPERA DE SAN JUAN   ( III )

        Pero como suele decirse que la felicidad es placer de los dioses y nosotros sólo éramos un grupo de chaveas, que así nos llamábamos por entonces en nuestra ciudad, que querían hacer una gran hoguera, la diosa fortuna a modo de chivatazo de algún vecino o por el simple azar se nos volvió esquiva y nuestro gozo se fue al pozo. Los propietarios del piso se presentaron en él y se encontraron sin beberlo ni comerlo con aquel desagradable regalito.

      Seguro que darían parte al cuartel de la policía municipal y que para abrir las persianas, que lo hacían hacia fuera, se vieran obligados a arrojar la sorprendente mercancía a la acera, para que vinieran los empleados de los servicios del ayuntamiento a recogerla; ya que ellos no se consideraban como propietarios de la misma.

      Ya se pueden imaginar el mosqueo de la familia. Cualquiera aparecía por allí para retirarla a otro lugar.


          Otros chicos de barriadas cercanas posiblemente, con la tranquilidad de conciencia de no haber sido ellos y con el atrevimiento de los pocos años, sí que fueron capaces de acercarse al lugar y de llevársela, aun con el riesgo de recibir una dura reprimenda y algún pescozón. Lo cierto es que la familia al final hasta se vio aliviada y quedó agradecida, pues dejaron aquello limpio como una patena.

         A nosotros se nos quedó una cara de tonto de mil demonios.

       Sin embargo, como la venganza no es sólo patrimonio de la deidad, a otro del grupo se le ocurrió cómo compensar aquella afrenta. Reunidos en conclave se acordó realizar una expedición al río de Oro, nuestro río, provistos de latas y botes para capturar en mayor número posible de sapos y ranas. Pensado por alguno, propuesto más tarde y aceptado por todos, al día siguiente se llevó a cabo la gira y pueden imaginar cuál sería el destino de tanto anfibio.


            Con el mayor sigilo posible nos acercamos al balcón y no exagero, más de un centenar de estos animalitos fueron depositados en el mismo. La huida fue vertiginosa y no llegamos a conocer cuál sería la reacción de los propietarios al encontrarse con este nuevo “pastelito”; pero sí que nos la imaginamos. Pudo ocurrir al abrir el balcón por la mañana o cuando el silencio de la noche se rompiera por el ruidoso y monótono croar de tan sorprendentes visitantes.

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