sábado, 21 de marzo de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN VIGÉSIMO SÉPTIMA

27.- Una noche:   LA VÍSPERA DE SAN JUAN


        No era la noche en sí o solamente ella lo que me hace recordarla con nostalgia, sino todos los días que la precedían en la preparación de aquella velada que culminaba en su noche.

       Hay poblaciones que tienen su fiesta del fuego en torno a San José como en la misma Valencia; otros en torno a la Inmaculada, como en el pueblo donde actualmente resido con las hogueritas en la noche del 7 de diciembre; sin embargo, en nuestra Melilla coincidíamos con la zona meridional del levante español, con Alicante, y encendíamos nuestras hogueras el 23 de junio.


            Eran tiempos, en sus orígenes, de quemar muebles y enseres viejos e inútiles, ya inservibles, con una chiquillería en busca de los mismos o con la aportación de éstos por parte de los mismos adultos, para quitarse cachivaches de en medio y reemplazarlos por otros nuevos.

       Luego empezó a valer todo, con tal de que ardiera e hiciera que el volumen de la hoguera fuera lo más enorme posible, entrándose en la competición; sobre todo, por parte de los pequeños, que por los días próximos a San Juán, centrábamos toda nuestra actividad, todo nuestro tiempo de ocio, ya que las obligaciones principalmente escolares no nos estaba permitido abandonarlas, lo destinábamos a aquella tradición, la de recoger el mayor material posible de combustible, en sus más variadas formas, y almacenarlo para que ardiera en nuestra gran noche.

    Por aquellos días estas eran nuestras dos grandes preocupaciones: recoger y almacenar. Por supuesto, que los juegos habituales en muchos momentos eran aparcados, que pasábamos parte de nuestro tiempo pensando en lugares donde podíamos encontrar material que engrandeciera nuestra hoguera; así como el modo de conseguirlo, transportarlo y guardarlo con todas las garantías del mundo en lugar seguro. Que se agudizaba nuestra vista y la capacidad de observación, para no desechar ningún trasto que fuera útil para nuestro objetivo, se encontrara donde se encontrara. Era normal que se organizaran batidas a lugares concretos en su búsqueda, formándose pandillas con un número importante de críos, porque todos éramos válidos.


            Y así pasábamos los días, envueltos en una actividad frenética en torno a las hogueras; con momentos de gloria cuando el botín era excelente y otros de tristeza, cuando en el ir y venir regresábamos con las manos vacías.

         Cuando encontrábamos lugares donde podíamos guardar la mercancía recogida nos sentíamos felices. Si no los teníamos funcionaba nuestra imaginación y la guardábamos en casas abandonadas,  en recovecos recónditos y apartados y de ningún o escaso tránsito, por los alrededores de la plaza de toros o por el monte de San Lorenzo, montando la correspondiente guardia durante el día y algunas horas, pocas, de la noche, pues debíamos de recogernos temprano, para evitar que desaparecieran a manos de otras pandillas de las hogueras de barrios próximos, que seguro que actuarían de la misma forma que nosotros.


            Estábamos pendientes, no porque nos atrajera el tema del medio ambiente que por entonces no se estilaba, de podas y talas, de derribos por si entre los escombros encontrábamos maderas y de mudanzas por aquello de que podía haber objetos o útiles que estorbaran.

       Recorríamos todas las casas de la barriada para que nos guardasen hasta la víspera de San Juan los útiles que iban a tirar; pues en esa dinámica también estaban los vecinos, que habían sido igualmente niños y disfrutaron con aquella tradición, guardando siempre en nuestras mentes los hogares en que habían sido receptivos a nuestras peticiones, a los que acudíamos con brutal puntualidad en la mañana del 23, para recoger aquellos tesoros para nosotros: sillas cojas o sin asientos, mecedoras rotas, mesitas carcomidas por la polilla y descoloridas por el paso de los años, restos de camas, repisas de madera con papeles pegados, maletas viejas de cartón piedra, tableros ennegrecidos y encorvados por la humedad y bolsas con ropa vieja, de las que escogíamos algunas piezas para vestir al muñeco que culminaba la hoguera y para rellenar las distintas partes de su cuerpo y redondearlo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario