Fue párroco del Sagrado Corazón de Jesús, capellán
de la Asociación General de Caridad, de nuestra más bien conocida como Gota de
Leche, en donde yo tuve la experiencia magnífica y alentadora, para reafirmar
mi vocación, de ejercer como maestro durante un curso escolar y del Cementerio
de la Purísima Concepción; ejerciendo, porque no podía ser de otra manera dado
su carácter y su concepción del sacerdocio, una tarea importantísima en los
muchos años que fue colaborador de Cáritas de nuestra ciudad.
Un día, en la hora posterior al almuerzo, en la que
la siesta era obligada, no obligatoria, por el calorazo que hacía, por la
fatiga de las múltiples actividades de la mañana y la misma pesadez de la
comida, pues comíamos como buitres, me levanté para ir al servicio a hacer mis
necesidades y me encontré al padre Osés de rodillas junto a una de largas mesas
del comedor en actitud de oración, por lo menos así me lo pareció a mí. No
quise alterar su recogimiento, demostrado por un respirar profundo y
acompasado. Satisfecha mi necesidad regresé a mi tienda de campaña y me acosté
en mi catre mirando el movimiento de las ramas de los pinos a través de la
lona, tardando en coger el sueño.
Las actividades en los Campamentos era tantas que el contacto con el “páter” no era muy frecuente; así que no deparé en él hasta unos días después, concretamente en el domingo y a la hora de celebrar la misa de campaña. También la jornada era calurosa y pude comprobar que se fatigaba a la hora de las lecturas religiosas, que tosía de vez en cuando y que se apoyaba con frecuencia con sus dos manos sobre el altar y que sus pausas eran más largas...
Lo que para algunos podía ser un resfriado de verano o un exceso de recogimiento, no tenía nada que ver con la realidad. Terminada ésta vi que sacaba un inhalador y pulverizaba su boca varias veces. Como no me alejé del lugar y lo observaba con un cierto descaro, me sonrió y me dijo: “Esta asma no me deja ni a la hora de estar con Cristo”. Yo también le sonreí por su aclaración y me volví con mis compañeros.
Otro día me explicó que estaba atravesando una colosal crisis de asma, acrecentada por aquellos calores veraniegos y por la presencia de los pinos, que si le encantaban por una parte también le hacían la pascua; pero como no había otro sacerdote allí estaba él, que cómo nos iba a dejar sin misa; aclarándome igualmente ante mi pregunta, pues estaba tomando confianza, que lo de ponerse de rodillas era porque para él ésta era la postura que mitigaba sus ataques y que así se encontraba mejor y de paso le contaba cosas al de arriba y a su madre.
Murió don Francisco Osés Huertas relativamente joven, a los sesenta y cinco años y estoy convencido que serán muchos los melillenses que lo recordarán como un buen sacerdote y como una excelente persona.
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