Por el contrario, no me agradaban nada aquellos que
nos impartían los Ejercicios Espirituales, a los que asistí en escasas
ocasiones; pero sí en las suficientes como para poder opinar acerca de ellos.
Posiblemente saldríamos de los mismos con el firme propósito de cambiar, de ser
mejores, hasta con el convencimiento de encontrarnos bien por estar en gracia
de Dios; pero con el miedo a la muerte metido en el cuerpo, con el pánico ante
un terrible infierno de fuego eterno e incluso de un Purgatorio purificador y
con la existencia de un Dios severísimo a la hora del Juicio Final con los
pecadores. Con el complejo de serlo porque el Demonio era muy listo y sabía
como tentarnos y con la creencia de que la felicidad, ni la más pequeña de un
instante, estaba en
Menos mal, que como simples mortales, la vacuna no era demasiada duradera y pronto volvíamos a los nuestro, a ser cada cual como nos habían parido y a vivir cada cual su vida, a la espera de los siguientes Ejercicios, porque todos no teníamos la madera de su inventor, el santo Ignacio de Loyola.
Por el contrario, siempre tuve admiración por los mendicantes y por los misioneros; por esos capuchinos del Pueblo, por ejemplo; algunos de los cuales no fueran aún ni sacerdotes, por su sencillez y austeridad, por la imagen que tenía de su permanente sonrisa, incluso al pedir, para sobrevivir y socorrer encima a los más desprotegidos, que en nuestra ciudad siempre los había; por la pobreza de sus atavíos y en especial de su calzado gastado de tanto callejear en demanda de caridad. De aquellos misioneros de los que guardo como fugaces recuerdos, que venían a la ciudad en épocas sin prefijar de antemano, para como los primitivos apóstoles, predicar la buena nueva y para despertar con los aldabonazos de sus palabras y experiencias nuestra solidaridad dormida para aquellos otros hombres, mujeres y en especial, niños de otros mundos, carentes de casi todo y con los que ellos compartían todo el tiempo de su vida.
Y si en este apartado elegí al padre Osés fue porque me impactó algo de su ser cuando le conocí y tuve alguna relación con él, al ser el capellán de uno de los turnos de Campamentos que se celebraban en Rostrogordo y yo era un joven asistente al mismo. Mis hermanos mayores le conocían porque había casado a uno de ellos, a Domingo, nuestro primogénito. Pepe Vega y nuestro querido amigo de infancia “Tuli”, que eran los administradores de los Campamentos también le conocían bien y posiblemente fueran ellos los que le solicitaran que ejerciera como sacerdote en aquel turno, dado igualmente que el segundo de los citados también era administrativo en
Creo que era de los curas de a pie, de los tajos,
más de las obras que de las palabras. Ingenioso, capaz de inventarse historias
con otros que le seguían y apoyaban, aparentemente tan disparatadas y
quijotescas, como la de la “Operación ladrillo”, que movilizó a gran parte de
la sociedad melillense para aliviar el problema de la vivienda de algunos
conciudadanos y que dio lugar a una barriada, la de
Con el paso de los años este asentamiento llegó a
recibir el nombre de Barriada del Padre Osés, en reconocimiento a su labor.
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