En primer lugar tengo que confesar que por
diferentes circunstancias no fui una persona muy religiosa. Sin embargo,
siempre sentí un gran respeto por el hecho religioso. Nací en el seno de una
familia cristiana que se vio imposibilitada de una práctica religiosa cotidiana
por tener que dedicarse en principio y por entero a eso que se conoce como la
supervivencia y bien que lo consiguió. Huérfano de padre a los dos años, mi
madre no tuvo más remedio que armarse de valor y tirar para adelante a base de
trabajo y trabajo, lo que le impedía dedicarse a otras cuestiones que para ella
eran secundarias. Para mi madre no existían domingos ni fiestas de guardar, sí
cinco bocas que alimentar, cinco criaturas que vestir, a las que había que
darles también una formación adecuada para que en un futuro salieran adelante y
también lo logró. Todo ello, por supuesto, casi a base de un enclaustramiento
en su propio hogar, del que quedaban al margen incluso las salidas dominicales
a la iglesia para oír la santa misa.
Hice mi Primera Comunión como tantos otros chicos de mi edad, sin complejos de ninguna clase, porque mi madre se preocupó de que no nos faltara nada, no destacando ni por exceso ni por defecto, y con la misma ilusión, felicidad y nerviosismos que la mayoría de los compañeros.
Nunca fui a las clases de catequesis, la preparación para tan magno acontecimiento la recibí en el colegio y posiblemente mi primer contacto serio con un sacerdote fue en víspera del mismo cuando tuvimos que ir a confesar a nuestra parroquia, al Sagrado Corazón de Jesús. Ahora que han pasado tantos años me pregunto de qué pecados me podría confesar con mis sólo diez años y qué propósito de enmienda o arrepentimiento me acompañaría por los mismos. No lo veo claro, como no fueran algunas mentirijillas y desobediencias, algunas riñas con mi hermano mellizo, alguna que otra palabra altisonante en momentos de enfados, la lógica pereza infantil y pare usted de contar; ya que con esa edad, en donde uno sólo pensaba en el juego, qué mal se podía hacer o que conciencia de éste se poseía. Con los años sí que la misma vida te va enseñando.
Fue el padre Fernández el que nos confesó y nos dio la Primera Comunión. De este sacerdote, aunque de manera difusa, guardo un grato recuerdo; no sé si por lo anterior o porque fue el que nos dio Religión en los primeros cursos del bachillerato en el Instituto. Tenía un trato agradable con todos nosotros y jamás tuvimos problemas con él. Creo que inspiraba confianza; todo lo contrario de lo que nos despertaba aquel otro sacerdote tan distinto en su fisonomía, grandote y fornido frente a la delgadez del padre Fernández, y en su carácter, casi siempre agriado para los pequeños, como lo era el padre Manresa, que nos imponía un gran respeto, eufemismo de miedo, por tratarse de un cura.
Eran todavía curas de sotanas, sobrecuello blanco y tonsuras, a los que los críos acudían cuando se cruzaban con ellos por la calle para besarles la mano. Yo era en esto un poco rebelde y probablemente más por timidez que por llevar la contra y destacar y los evitaba; no entendía muy bien por otra parte eso de tener que interrumpir un siempre interesante juego para “pelotear” a alguien, aunque se tratara de un sacerdote, ni lo de tener que cruzar toda la calzada si ellos marchaban por la otra acera para ejercicio que entendía algo servil. Yo sabía que la mayoría lo hacía de forma rutinaria, sin darse cuenta y sin necesidad de esfuerzo alguno; pero yo no lo comprendía y seguía en mi juego o disimulaba, por aquello de guardar las formas, haciéndome el distraído.
Distinto era nuestro comportamiento al paso de una pareja de monjas que siempre iban de dos en dos, nunca solas, que hasta dejábamos de jugar por curiosidad, por ver aquellas tocas que cubrían sus cabezas en forma de alas de palomas y que nos daba la impresión a los niños de que en cualquier momento podían echar a volar sus pequeñas cabecitas, que las teníamos como tales por el diminuto rostro que dejaban asomar.
Otro sacerdote con el que tuvimos alguna relación fue con el padre Martín, también perteneciente al Sagrado Corazón, vasco de nacimiento, no de apariencia física, pues era bajito y delgado como el que más de nosotros. Aunque de una vitalidad extraordinaria, puro nervio, no paraba quieto en ningún momento y era amante de la actividad deportiva. Me lo imagino golpeando, sin quitarse la sotana, la pelota contra el frontón o remangándosela para jugar al fútbol con sus alumnos o con los componentes de Acción Católica, en su sección juvenil, a la que le dio un gran impulso. Tampoco pertenecí a esta asociación, pero me consta lo anterior porque en diversas competiciones deportivas nos enfrentábamos contra ella, en especial, en tenis de mesa, juego que le encantaba y que no lo hacía nada mal. Destacaban en su equipo los hermanos Guirado, uno de los cuales me dijeron que con una vocación tardía había seguido sus pasos, convirtiéndose en sacerdote.
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