domingo, 15 de marzo de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS Y PERSONAJES


RAZÓN VIGÉSIMO QUINTA

25.-   Un aspirante a Tenor:   GIUSSEPE BARONI QUIQUI   ( II )


        Y un día dijo a su familia, dejándolos boquiabiertos, yo quiero ser cantante de los serios, de los clásicos. Nada de copla, nada del folklore, nada del rock moderno, nada de boleros ni de baladas, yo quiero ser cantante de ópera, yo quiero cantar a Verdi, a Mozart, a Rossini, a Puccini... Yo deseo interpretar Orfeo, Las bodas de Fígaro, La Cavalleria rusticana, Carmen... Yo quiero ser como Alfredo Kraus.


            Ambicioso que era el chico, eso nadie se lo podía negar y origina un conflicto en la familia, que por lo inesperado de la elección no sabe en principio qué hacer. En los primeros días no le dan gran importancia. Aunque eso de ser artista en el seno de una familia como la suya, de las antiguas, en que todo lo relacionado con las tablas no era bien visto, tenía su miaja de guasa; no perdiendo la esperanza de que sólo fuera una nube de verano o el resultado de una influencia extraña, malévola y que ellos deseaban que fuera también pasajera.

       Al chico hay que distraerlo y le marcan otras direcciones que nada tienen que ver con el bel canto; hacen probaturas con él en diferentes empleos que no conducen al éxito, porque si algo tiene el mozalbete aparentemente mimado por su ambiente, es su tozudez y sigue con su erre que erre de querer ser tenor.

      Y eso dónde se aprende, preguntaría algunas de sus queridas tías, en sus tertulias diarias en torno al café o té con pastas de las seis de la tarde. El silencio sería rotundo, pues quién iba a saberlo allí; hasta que la lógica de la vida da con la respuesta a este primer interrogante importante... Tendrá que marchar a Madrid o a Barcelona, donde todo es posible y no se equivocaron.


            La mayoría de estudiantes melillense que salían a estudiar iban a Granada, a cuyo distrito universitario pertenecía nuestra ciudad. Otros, por razón de cercanía y si podía recibir los estudios deseados, se quedaban en la misma Málaga. Los aspirantes a marinos se marchaban a Cádiz e incluso algunos volaban hasta La Coruña, que así llamábamos a esta ciudad cuando todavía no había cambiado su artículo del castellano al gallego, igual que la a la actual Lleida todo el mundo la conocía como Lérida. Los que escogían la carrera militar se desplazaban a Zaragoza, los aspirantes a arquitectos iban a Sevilla y los que soñaban con ser ingenieros, sobre todo de Puentes, Caminos y Canales buscaban la capital, a Madrid de cabeza. ¡Ah!, y un montón de no universitarios a las distintas Universidades Laborales que proliferaban por todo el país.

      Pero eso de estudiar canto, enseñanza por entonces no reglada, tenía sus grandes inconvenientes. Había que desplazarse a la capital, buscar un alojamiento adecuado y encontrar al oportuno profesor; gestiones obligadas además para personas que no tenían confianza alguna en que aquella loca aventura terminara exitosamente. Convencido estoy de que la mayoría de sus familiares pensaron que esta locura terminaría pronto y que pasado un corto tiempo lo tendrían de nuevo en casa; pero se equivocaron de pe a pa.

     Era curioso comprobar cuando se les preguntaba que dónde estaba el chico, que todas contestaban que se había marchado a estudiar a Madrid, sin decir a qué y que padecían un cierto sonrojo cuando ante la insistencia de los interrogantes, éstas confesaban que quería aprender canto; lo que, por el contrario, la mayoría veía con absoluta normalidad, en especial, porque estaba haciendo lo que a él le encantaba. Efectivamente, a Enrique aquello era lo que le gustaba y sabía que su aventura no era cuestión de días, ni de pocos años siquiera, y armado de paciencia comenzó en Madrid sus estudios de canto.


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