Ya que hablo de billetes, viene a mi memoria una
anécdota que nos ocurrió con ella cuando ya andábamos por los quince añitos.
Alguno puede creer que es una notable exageración, pero como aún conserva mi
hermano la prueba del delito como importante reliquia, nadie podrá negarlo.
Clemente desde muy pequeño, yo diría que con gran precocidad, demostró su
dominio del dibujo; nació con esa cualidad y ya está. Por aquellas fechas
copiaba las fotos de los artistas y las clavaba. Hasta se atrevió con realizar
un curso de caricaturas por correspondencia en la que tuvo que poner más edad de la que realmente tenía para poder
hacerlo y un día se embarcó en la tarea de reproducir un billete de veinticinco
pesetas, de aquellos moraditos, con todos sus avios. La verdad que hizo una
obra de arte, teniendo en cuenta la edad con que lo dibujó. Hoy día, cuando con
motivo de repasar algunas de las obras que conserva y te topas con él, te
despierta la misma o quizás mayor admiración, porque lo enjuicias desde otras
perspectivas que la meramente artística. Terminado el billete, sólo por una
cara y mostrado a los amigos, estos quedaron boquiabiertos y dudaban que fuera
realizado por él. A alguno se le ocurrió la feliz y divertida ocurrencia de
gastar con el billete dibujado una broma a la buena de María. Mi hermano se
negó en principio, por su modestia, ya
que pensaba que cualquiera se daría cuenta de que no era de verdad, sino un simple
dibujo, ya que él lo veía con ojos de artista y no escapaban a los mismos las
deficiencias que tenía, y porque no quería tampoco que después de tanto trabajo
su obra corriera algún riesgo. La insistencia del proponente y de los demás,
que se sumaron de inmediato a la iniciativa, terminaron por convencerle.
Como había que inventar alguna excusa para tener tal botín e intentar gastarlo en chucherías, se pensó en que era el día de su cumpleaños y en la invitación por su parte a todos sus amigos. Llegamos al quiosco y contando también con que María más bien ya veía poco, por sus muchos años y por la misma oscuridad de su habitat permanente, Clemente le explicó lo de su onomástica y su deseo de invitar a sus compañeros, que iban a pedir por orden lo que quisieran hasta gastar el billete que puso en la parte interior del pequeño mostrador. María lo cogió y lo pulsó con los dedos de sus dos manos, exclamando al verlo tan nuevo: “Hijo, parece que está calentito, como si lo hubieran hecho esta misma noche”. La risa de Pacoli, afortunadamente la interpretó como fruto del nerviosismo por la invitación que por otra cuestión y María abrió el cajón y lo guardó en él con sumo cuidado. La gente comenzó a pedir, nada de orden, todos a la vez, embarulladamente. María se lo había tragado y Clemente tuvo miedo de aquello llegara a más; así que antes de que la buena mujer comenzara a servir lo que le pedían, Clemente le dijo: “María, ¿Se ha fijado usted bien en el billete que le he dado? Ella lo volvió a sacar del cajón, lo miró y no vio nada extraño.
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