martes, 10 de marzo de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS Y PERSONAJES


RAZÓN VIGÉSIMO CUARTA

24.-   Un quiosco:   el de MARÍA, que luego regentó su sobrino


        Todos creíamos que María había nacido y crecido en su quiosco. Siempre estaba en aquel pequeño habitáculo que no tendría más de cuatro metros cúbicos. Siempre presentaba el mismo aspecto, el de mujer mayor, peinada con moño recogido atrás y con vestido de luto permanente; de baja estatura y caminar lento, con los pies hinchados de tantas horas sentadas en el interior del negocio, en donde apenas se podía mover con cierta libertad por la gran cantidad de artículos que allí había, usando siempre zapatillas oscuras de loneta y suelas de esparto, con calcetines de invierno y mostrando sus varices cuando llegaban las calores.

        Agradable en el trato con la gente menuda, pues de ella vivía principalmente; paciente en su vender, que con negocio de este tipo no se podía despedir a la clientela por tardar más o menos en el elegir y con ojitos brillantes cuando le hacíamos buenas compras, porque tampoco sabía disimular. Nos conocía bien y sabía la leche que gastaba cada niño, por muy mocosos que pareciéramos y con la sabiduría popular que dan los años y el continuo roce con el género humano, sabía colocar a cada cual en su sitio, estableciendo claramente sus normas entre el chavalerío, no tratando a todos de la misma manera, lo que le reportaba algunos quebraderos de cabeza, en especial, por parte de los que se veían y sentían agraviados, pues usaban el mismo modelo de dinero.


            Su buen genio se transformaba cuando la molestaban; sobre todo, cuando golpeaban por detrás la pequeña puerta del quiosco con evidente intención de fastidiarla. No se molestaba en abrir la portezuela, porque sabía que los chicos iban a desaparecer en un abrir y cerrar de ojos, como las ratas, pero comenzaba a largar por su pequeña y desdentada boca una retahíla de improperios y palabrotas que no nos asustaban porque ya estábamos acostumbrados a ellos y porque de muchos de los mismos ni siquiera conocíamos el alcance de sus significados; repasando de corrido a todos los familiares más directos de los autores de aquellas travesuras, vivos y difuntos, con palabras malsonantes, de las que los curas consideraban algo más que pecados veniales y de las que no se libraba ni el mismo Dios, la Virgen y algún que otro Santo u objeto religioso. Menos mal que se le pasaba pronto; bastaba con que alguien acudiera a comprarle para volver a su humor habitual. Es más, a veces, como vieja bruja que parecía y aún dándose cuenta que el que pedía alguna golosina podía haber sido el autor de los golpes, se hacía la “longui” y con gesto de complicidad, le servía, porque el negocio era lo primero; aunque cuando se retiraba, mascullando, le soltaba algún recuerdo, para que el niño viera que de tonta no tenía ni un pelo. El pequeño entonces, con el mismo gesto de complicidad le sonreía y también en voz baja le farfullaba aquello de “Los tuyos, por si las moscas”.

        En el fondo era buena gente. ¿Qué hubiera sido de María sin los niños? Aunque tenía clientes ya adultos, no era lo mismo, porque muchas veces, aun sin comprarle nada permanecíamos por los alrededores de su negocio, mirando la mercancía, sin molestar, dándole conversación y compañía a su soledad. ¿Y qué hubiera sido de nosotros, por qué no decirlo, en aquellos años, sin el quiosco de María? ¿Hay cosa que le guste más a un niño que un quiosco? Cómo no sean las botas de agua para meterse en un charco...


            Su quiosco estaba emplazado a la entrada del paseo central que había en la calle General Mola, en su esquina izquierda; junto al cual colocaban cuando llegaba su época, aquellos monumentales puestos de melones y sandías que nos llamaban tanto la atención; aunque nos estropeaban uno de los bancos de piedra en donde jugábamos partidos de fútbol con botones y chapas.

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