A los que había que unir los que trataban o se
movían en asuntos serios, como El pequeño luchador, Piel de Lobo, Purk el
hombre de Piedra, Hazañas Bélicas, Roberto Alcázar y Pedrín, Flash Gordon, Tor,
Spiderman, Superman, Tumac, Jan Europa, Kin Tejano, Dick Turpin, el Guerrero
del Antifaz, el Caballero Luna, el Capitán Trueno, Conan, Pachi Andía, Batman,
entre otra montaña de ilustres héroes.
¡Cuántos dibujantes envidiados! Pues nos hubiese gustado ser mayores como ellos y poder realizarlos. Estábamos familiarizados con muchos nombres, sin que supiéramos nada acerca de la persona que se encontraba detrás y además, cada cual tenía sus preferidos y discutíamos acerca de sus dibujos, de la gracia de sus movimientos, de las exageraciones, de los fondos y aprendimos a ver, a distinguir, a valorar y conocíamos por sus monos a Morales, Muntañola, Palop, Pañella, Jaume Rovira, Lajoa. F. Ibáñez, Estivill, Urda, Vázquez, Peñarroya, J. Morante, Moreno, Mingo, Ayné, M. Gago, Benejam, Ibarz, Sifré, Segura, García Lorente, Abat, Peyo, Rafa, Salvador Mestres, Rojas, Tinez, G. Arnao, Bernet Toledano, A. Castany, Doménech, Edgar, Escobar, J. Sanchís, Schmidt, Rino, Escobar, Fresno, Blanco, E. Cerdán, Gosse, F. Tur, Coll, Conti, Oski, Coq...
Y entre tanto héroe de ficción yo me inclinaba por aquella historia casi interminable de El Guerrero del Antifaz, cuyos ejemplares guardábamos como auténticos tesoros, y es que si el protagonista de cientos y cientos de aventuras estaba permanentemente envuelto en el misterio, también lo estaba su dibujante para nosotros, M. Gago. No sé cómo había llegado hasta la chiquillería la leyenda de que era un hombre enfermizo, que fue recluido en un hospital para curarse con absoluto reposo de su dolencia pulmonar, la tuberculosis tan frecuente de aquellos años, y que para no aburrirse había inventado tal personaje y el guión que le acompañaba, dedicándose a dibujar en tanto tiempo libre las aventuras del guerrero cristiano contra el sarraceno invasor; otra de tantas historias de buenos y malos que nos acompañaron durante toda nuestra niñez.
Este personaje que llegó a ser tan famoso, no sólo
para los pequeños, sino también para algún que otro mayor, que los veíamos
comprar con una cierta timidez y corte y con la excusa de que eran para sus
hijos, en los quioscos. Aquellas historias protagonizadas por el Guerrero del
Antifaz y que la editorial reclamaba su importancia con publicidad de este
estilo: “Las aventuras de capa y espada que transportan al lector a los tiempos
de
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