El Gurugú, al igual que el Río de Oro, era otro
elemento importantísimo de la geografía física más cercana a nosotros y sin
duda, el macizo montañoso más significativo, no ya por su altura, pues no
alcanzaría los
En sus laderas nacía nuestro río, el de Oro, así como los riachuelos de Farhana y Mezquita, que recorrían la ciudad cuando llovía torrencialmente y contaba con manantiales que surtieron de agua a Melilla durante muchos años, especialmente el de Yasinem, al que visitamos en alguna ocasión con motivo de excursiones escolares o por propia iniciativa cuando ya teníamos más años y nos dejaban ir solos, y el de Trara, con aquella fuente de muchos grifos que había en el camino del Colegio de La Salle, debajo de la escalera que salvaba la diferencia de altura y junto a los pabellones militares y adonde en más de una ocasión, cuando faltaba el agua corriente en los hogares por averías, íbamos a llenar cántaras o los más variados recipientes de líquido tan necesario para beber y para las comidas.
(Fuente de Trara)
Todo repoblado, suponía un importante pulmón verde para nuestra ciudad.
Macizo siempre envuelto en la leyenda y en el misterio, protagonista hasta de coplillas y escenario de enfrentamientos bélicos entre marroquíes y españoles, de diversos combates que fueron importantes sobre todo en las Campañas de 1909 y de 1921 y de los que oíamos hablar a nuestros mayores con mucho respeto y con el deseo de que no volvieran a repetirse.
Hay que pensar que la Melilla de siglo XIX cumplía una doble función, la de ser centinela avanzado de España sobre el Magreb y por qué no decirlo, el más duro de los presidios de nuestro país.
Era al mismo tiempo como un enorme barco anclado, como una isla sin serla, instalada en una costa tradicionalmente hostil a penetraciones foráneas. La misma Melilla desde hacía muchísimos años había sido la excepción y muchas muertes y lágrimas costarían su supervivencia. Ejerciendo una doble labor de vigilancia: por un lado, la del ancho mar, donde la vista se perdía en el horizonte sin encontrar tierra alguna, que no fueran pequeños islotes aparentemente sin importancia y por otro, y precisamente por tierra, la ejercida sobre el intratable a veces y anárquico siempre cabileño.
Todo esto no quita el que fuera un puerto con muchas posibilidades comerciales, que con el paso de los años se fue haciendo realidad. Las competencias de otros estaban muy lejanas en el espacio y los intentos, propiciados principalmente por los franceses que dominaron Argelia, por quitar esta hegemonía a nuestra ciudad afortunadamente siempre fracasaron. Un comercio brillante que al principio estuvo en manos de casas comerciales hebreas, lo que no era de extrañar ni excepción alguna, pues este pueblo apátrida siempre estuvo y lo sigue estando al frente de la economía en cualquier lugar del mundo en que se encuentre. Era Melilla un centro comercial admirable con relación a la región del Rif e ideal para la salida de sus preciados y abundantes minerales, en especial del hierro; hasta tal punto, que se la podía considerar como la ciudad que poseía la llave de la puerta de dicha zona.
( Minas del Rif )
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