Hasta nos creó la afición el bandido y rara es la
fiesta que celebramos, ahora que estamos fuera de allí, en donde falten los
pinchitos.
Y cuando íbamos por Melilla, en especial en verano, una visita obligada era para él. Visita algo egoísta, por supuesto, ya que había que reponer las especias; que como buen cocinero las daba, pero sin poderle sacar su contenido o composición. Últimamente las compramos en las tiendas del Zoco y la verdad que no son las mismas que las que él nos preparaba.
Me han dicho que ya está jubilado y me lo imagino sentado en el sofá, cansado ya de su larga vida y rodeado de algún que otro nieto, que no le faltarán, con la añoranza o nostalgia de no poder hacer la comida, porque su andar ya es torpe y no puede estar mucho tiempo en pie y porque le falla algo la vista; lo que no será obstáculo para ver la tele y en especial los deportes, de llevarse el doble sofocón de que hayan eliminado a sus dos selecciones, España y Marruecos, del Mundial de Fútbol, a pesar de ganar sus dos últimos encuentros con claridad y por culpa, que el no se callará, de que otras selecciones se hayan dejado perder, traicionando el verdadero espíritu deportivo, que a él nunca le faltó.
Porque Hade fue un amante del deporte y en especial del baloncesto, que practicó con un cierto éxito en Melilla. Muchas fueron las horas que pasó en las diferentes canchas de nuestra ciudad, desde aquella legendaria Compañía de Mar, terriza y con tableros de madera, hasta la de Bandera de Marruecos, sin olvidar el cemento de
Algunas escapadas a la vecina Nador y a otras
poblaciones del entonces protectorado español, tales como a Segangan, Xauen,
Uxda o al mismo Tetuán y Larache; así como a la Península, con el fin de
disputar los sectores de Andalucía, con la incorporación, por entonces, de
estas dos plazas de Soberanía, que eran Ceuta y Melilla. Jugando con hombres como Piñero, Nicasio, Lele,
etc., y poniéndoles siempre los cuartos muy difíciles, con su equipo el
Juventud, a los poderosos equipos de
Tan sólo había algo con lo que no podías y no me refiero a las bromas del “jalufo”, sino a cuando con ruidos y con el movimiento del brazo y la mano, se imitaba el silbido de la serpiente.
Era algo que te podía, que superaba tus fuerzas, que te ponía de mal humor. Gritabas entonces, corrías como un poseso y eras capaz de todo para evitarlo. Te ponías serio y no querías cuenta con nadie. Lo peor es que tus compañeros y amigos lo sabían, y por ello, continuamente estabas expuesto a este tipo de bromas, sobre todo cuando lo estábamos pasando bien.
Yo, para algunos, para no pocos, aquí en la Sevilla del viejo Al-Andalus, soy como tú el Moro. Hasta quiseron insultarme escribiendo en alguna pared blanca, manchándola, afeándola, sin que supieran quienes lo hacían que tuve en tí, Hade, un estupendo compañero de viaje en esta vida nuestra, como lo fueron también otros tantos moros y hebreos: los Abselam, Mohatar, Abdelkader, Tahar, Mustafa, Mohamed, Hamed, Benguigui, Belilty, Chocrón, etc., etc.
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