El tebeo fue algo muy característico en nuestra
niñez y juventud; todavía no se empleaba su sinónimo actual, el cómic.
Nosotros, de una marca habíamos hecho un género. Le llamábamos así por una de
las colecciones de historietas dibujadas con más gancho de aquella época, el
TBO, y que servía para nominar a todos.
La cultura del tebeo supuso mucho para nosotros y por diferentes razones. Para unos niños que no tenían televisión, ni videojuegos, ni consolas para la play station, ni maquinitas como las del “Tagamochi”, ni se aspiraba a tener un móvil para enviar mensajes a quien fuera..., y con la calle, que era nuestra, como campo de acción y también con lo que siempre se ha conocido como ocio o tiempo libre, las ilustraciones de los tebeos, sus historietas, fueron una auténtica y primaria cultura, que nos condujeron a otros niveles más elevados de ésta con el paso del tiempo.
Primero fueron los dibujos, reales o imaginativos, los que nos engancharon; luego vino la lectura del contenido de los bocadillos que los acompañaban y de los apartes, y así nos fuimos acostumbrando a lo artístico y a la lectura, de tal manera que la mayoría de los consumidores de tebeos de antaño, con el paso de los años, desembocamos en la actualidad en buenos lectores, a pesar de que otros inventos modernos intentaran alejarnos de la lectura.
Cada cual tenía sus preferencias, ya que existía una oferta variada y la chiquillería esperaba con verdadero anhelo la llegada de un nuevo número de su colección. El dinero aparecía en el momento oportuno, pues éramos expertos en el arte de pedir, consiguiéndolo más por pesadez que por convencimiento y raramente nos quedábamos sin el ejemplar deseado.
(IBÁÑEZ, ESCOBAR, VÁQUEZ, SEGURA Y PEÑARROYA)
Los había de todos los estilos en cuanto a la ejecución de los dibujos, pues no eran lo mismo los de Ibáñez, los de M. Gago, los de Vázquez o los de Sifre, por poner a algunos dibujantes. Tampoco coincidían en lo relativo a su temática, ya que los encontrábamos serios como los de Hazañas Bélicas, El Guerrero del Antifaz o Roberto Alcázar y Pedrín, o humorísticos como el Jaimito, el TBO o Yumbo, con multitud de personajes, que en aventuras tan cortas como las contenidas en una sola página y en una veintena de viñetas, contaban con montones de seguidores, como el siempre hambriento Carpanta, como las divertidas hermanas Gildas, Gordito Relleno, los traviesos gemelos Zipi y Zape y doña Urraca, entre centenares de ellos.
Los comprábamos en el quiosco de María y si pasaba el tiempo o se agotaban, el último recurso era acudir a Casa Boix, en la Avenida, en donde era difícil no encontrarlos. El quiosco de la salida del Parque Hernández, en la calle General Marina, también contaba con un excelente surtido, al igual que con las estampas de futbolistas o de películas famosas, que constituía otra de nuestras aficiones de coleccionables.
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