Como he dicho anteriormente que mi madre era algo
exagerada, tuvimos monas para toda la Semana Santa y para algunas más y eso que
nosotros éramos también generosos con los amigos íntimos y a la hora de
merendar los hacíamos partícipes de ellas; al igual que compartíamos otras
exquisiteces de las suyas.
El nivel de la superficie de los dulces en la canasta bajaba sin cesar y nos daba una cierta pena cuando comprobábamos que se comenzaba a ver el fondo blanco de la misma.
De esos recuerdos de niñez que se te fijan más y de los que no desaparece su vivencia por muchos años que pasen, tengo uno que en más de una ocasión relaté como anécdota en conversaciones informales entre familiares y amigos. Un año por razón de la mala fortuna, que luego se tronco en buena para nosotros, por error en la elaboración de la masa, por olvido involuntario de alguno de sus ingredientes o por nuestra misma causa, ya que volvíamos tarumba a nuestra tía Carmen, con nuestras riñas, impertinencias y permanente inquietud, salieron las monas duras, como para tirarlas según bocas delicadas. Afortunadamente no se hizo esto, sobre todo, por nuestra insistencia, ya que por aquellas fechas contábamos con una perfecta dentadura y otros alimentos, como los chuscos de pan o las mismas tabletas de chocolate arenoso, tenían igual o más grado de dureza y caían, ya que si hacía falta los roíamos con verdadero deleite y como auténticos ratoncillos, porque eran años de penurias y no entendíamos de refinamiento ni de derroches.
No hay comentarios:
Publicar un comentario