Por ser Melilla una ciudad tan variopinta en cuanto
a sus orígenes no es de extrañar que en ella se den costumbre de los diferentes
lugares de la península e ínsulas que conforman España, sin olvidar la
influencia de otros, dado también el carácter cosmopolita de nuestra ciudad,
con esos encuentros bien claros de diferentes culturas y doctrinas religiosas.
Para ello hay que tener en cuenta que el primer asentamiento que da origen a la ciudad vieja es puramente militar, con procedencia muy diversa, y que da cobijo también, por su condición de presidio, a una población igualmente de diferente origen, de reos y desterrados. Que con el paso del tiempo sirve de lugar de ubicación de hebreos tetuaníes, que se ocupan del comercio y de marroquíes que crean la expectativa del ensanche de la ciudad vieja, que se vería favorecido por la construcción de diferentes líneas de fortificaciones en el exterior, como las de Sidi Guariach, Reina Regente, Rostrogordo, de Camellos, Cabrerizas Bajas, del monte de San Lorenzo y la de Ataque Seco.
Es cierto que la población melillense era insignificante, ya que no pasaba del millar largo o de los dos millares a lo sumo, y que a finales del siglo XIX, cuando los conflictos bélicos se avecinan, es cuando se produce un asentamiento de tropa muy importante, pues más de 20.000 hombres llegan a nuestra ciudad y tienen que alojarse en campamentos instalados en los aledaños de la misma, ocupando parte de los dos nuevos barrios del exterior de las murallas, el Polígono y el Mantelete. La población va creciendo y estos nuevos habitantes procedían principalmente de Málaga y en menor proporción de otras provincias andaluzas. Poco a poco van apareciendo nuevos barrios, hasta que se produce la gran expansión de la ciudad entre los años 1909 y 1921 y su configuración casi definitiva desde entonces hasta 1956. Sirve todo esto, sin duda, para corroborar lo anteriormente señalado, la procedencia tan distinta del aluvión de personas que se van estableciendo en nuestra Melilla; sobre todo a finales del siglo XIX y durante todo el siglo XX y en especial, por el carácter eminentemente castrense de la misma, por la condición de puerto franco, por el floreciente comercio de distintas épocas y por servir de salida al mineral del Rif, entre otras razones.
Así como cuando llegaba la Navidad, el borrachuelo y los roscos creaban una auténtica liturgia en su preparación y posterior degustación, llegada nuestra Semana Santa, que curiosamente en Melilla giraba casi con más fuerza, a distinción de la andaluza, en torno a la entrada triunfante de Jesús en Jerusalén, con su Pollinica, pasando casi de puntillas por la pasión y muerte, y se hacía gran fiesta con la Resurrección de Jesús y con el encuentro con su madre, María Santísima, en la plaza de España, se hacían imprescindibles en las casas cristianas de los melillenses las monas; que como nos decía con mucha guasa y en broma nuestro buen amigo Pacoli, no entendía bien lo de llamarles monas, ya que muchas de ellas tenían huevos; algo así como del león de la Metro, que curiosamente siempre estaba en cintas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario