domingo, 15 de febrero de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS Y PERSONAJES


RAZÓN DÉCIMO SÉPTIMA

17.- Unos Payasos: POMPOF Y THEDY, NABUCODONOSOR Y DABUCONOSORCITO ( IV )


Todo nos gusta, reímos y gritamos, aplaudimos a rabiar. Se nos seca la garganta cuando el domador se introduce en la jaula de los leones o tigres y alguno de ellos le ruge más fuerte, le enseña su terrible dentadura y le lanza tarascadas con sus patas delanteras y se resisten a obedecerlo. De nada nos sirve lo que nos dicen los mayores, que ésos son los más domesticados. El corazón se nos sale por la boca cuando los artistas se lanzan de un trapecio a otro en movimiento o cuando caminan a gran altura sobre un alambre, a pie o en bicicleta e incluso con otra persona sobre sus hombros. Nos duele mirar a aquellos cuerpos que se doblan y contorsionan como si de marionetas se trataran.


            Gritamos cuando los perros vestidos de futbolistas marcan gol. Soñamos con poder dar algún día las volteretas y saltos mortales de los acróbatas y gimnastas. Alucinamos con los juegos de magia. Enloquecemos con nuestros gritos de avisos para el número en que el artista hace girar platos sobre varillas y que va poniendo en movimiento poco a poco, cuando van perdiendo fuerza y parece que van a caer al suelo, obligándole con nuestras voces a que acuda a los lugares en donde esto último ocurre... Pero, sin duda, lo mejor llega para la gente menuda cuando el locutor presenta a los payasos, los artistas que hacen de gracioso, con trajes, ademanes, dichos y gestos apropiados. Los conocidos internacionalmente como clown, palabra anglosajona que quiere decir campesino, patán, y que tuvo su origen en el teatro inglés. Personaje cómico equivalente o análogo al gracioso de la comedia española, al arlequín de las comedias venecianas, al polichinela napolitano, al “fol” o “badin” (loco, bromista, burlón o bufón) de los franceses de la Edad Media. Este clown que con el paso del tiempo añadió en su repertorio de payasadas groseras, tales como bofetadas y patadas recibidas con cómica desesperación y con gran exageración, algunos ejercicios de agilidad y acrobacia, hasta que lo accesorio llega a suplantar a lo esencial. Poco a poco abandonaría las tablas del teatro para pasar a las  pistas del circo, siendo acróbata y gimnasta, conservando el carácter de gracioso del primer papel; así como terminando en la modernidad siendo también músico.

            ¿Quién de nosotros puede haber olvidado al genial Charlie Rivel, con aquel gritito tan peculiar que emitía prolongadamente, inclinando su cabeza y mirando hacia el cielo, cuando le ocurría algo importante? O a aquel otro que apilaba mesas, sillas y los objetos más variados, unos encima de otros, a los que iba ascendiendo con enorme dificultad y sufriendo toda clase de peripecias y hasta riesgos, y que cuando coronaba la cima, sudoroso, decía con la mayor naturalidad del mundo: “Hay que ver lo que hay que trabajar para no trabajar”.


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