RAZÓN DÉCIMO SÉPTIMA
17.- Unos Payasos: POMPOF Y THEDY, NABUCODONOSOR Y NABUCODONOSOCITO (III)
Llegado el día del estreno y conseguido el dinero suficiente para poder asistir al espectáculo y si había algo más para alguna chuchería mucho mejor, éramos felices. Cuando íbamos con algún mayor no nos cansábamos de pedir; aunque éstos, más sabios que nosotros, sabían hasta donde podían llegar; unos nos conformábamos más, en tanto que otros montaban la zapatiesta, usando hasta el recurso fácil de la llantina, hasta que se producía el comienzo de la función y el protagonismo lo conseguían los artistas.
Si íbamos solos, sin mayores, recibíamos antes de salir de casa toda una retahíla de advertencias y recomendaciones: No os subáis muy alto que os podéis caer y si nos poníamos en los escalones de abajo no veíamos nada, tened cuidado con los animales, no os acerquéis a ellos y dejadlos tranquilos; cuidado con el dinero, no se os vaya a perder; venid pronto, nada más terminar la función para que estemos tranquilos; no os metáis en bullas ni jaleos... Y lógicamente, todo lo hacíamos al revés, nos subíamos a las tablas más altas para verlo mejor y que no nos estorbara nadie, correteábamos antes del comienzo, gritábamos como posesos al llamarnos unos a otros, no nos daban miedos los animales y hasta teníamos alguna tentación de acariciarlos o de hacerle alguna pillería y cuando salíamos seguíamos jugando o charlábamos acerca de lo que más nos había gustado, sin pensar que el tiempo pasaba inexorablemente, lo mismo que el espectáculo, que nos atraía y gustaba tanto que nunca queríamos que se acabara.
Me viene de pronto a la memoria, ha sido como un flash, la figura de un amigo de niñez, Pedrito, hijo de los porteros del número 6 de la calle Teniente Coronel Seguí, el portal que daba a la plazoleta de nuestros juegos y que existía entre los dos grandes bloques. Éste quería ser artista de circo y vaya si era grande su tenacidad a pesar de ser un mocoso como nosotros, que para todos lo era y de haberse enrolado en cualquiera de ellos lo habría conseguido.
( La luz encedida era la del hogar donde nacimos y vivimos en Teniente Coronel Seguí )
Dos cosas le atraían sobremanera, el hacer girar como los chinos platillos sobre unos palitos y el equilibrio sobre rulos. Para dolor de su madre y hasta que se hizo con la técnica algunos platos rompería, digo yo; luego, con el plástico, ya el drama no sería tan grande y en cuanto a las tablas y rulos, que él mismo los fabricaba, se desenvolvía bien; lo que no quería decir, por aquello del más difícil todavía, de usar en sus ejercicios varios rulos y tablas, que se vería exento de algún que otro golpazo, de dar con sus huesos en el duro suelo. Como pueden imaginar para nosotros era genial, ya que cuando lo intentábamos los demás chicos no teníamos éxito alguno; aunque él, que era un buenazo, nos animaba diciendo que todo era muy fácil. Claro, muy fácil para los chinos y para él, discípulo aventajado, que lo sabía hacer.
Las colas ante las taquillas, antes de que las abrieran... ¡Qué impaciencia! Las otras, para entrar, tenían igualmente la condición de ponernos nerviosos, en especial para poder al correr coger el mejor sitio. El deseo de que empezara todo de inmediato, ya mismo, y la pesadez de la espera, porque siempre llegábamos de los primeros, tampoco faltaba. Los ojos se nos iban detrás de los vendedores de golosinas, porque andábamos siempre cortos de cuartos. Aquellas tiras con números o cartas que vendían a los espectadores los mismos trabajadores del circo para tomar parte en la rifa de algunos regalos, entretenían la demora del comienzo. De pronto la música suena instantes después de que se apaguen las luces, para dar paso en un instante a un haz que ilumina y mete en un gran redondel de luz al presentador que con sus palabras da comienzo al espectáculo, dándonos en nombre del circo la bienvenida a todos los que allí estamos impacientes y deseando que empiece de verdad y de una vez.
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