El esqueleto se iba poniendo en pie con el esfuerzo
de todos. Mástiles enormes en la parte central y en su alrededor otros más
delgados e inclinados para repartir la carga, todos con juegos de enlaces de
cuerdas y maromas más gruesas, algunas convertidas en vientos que las tensaban
después de fijarlas en grandes estacas o
piezas de hierro clavadas en el suelo. Con juegos de poleas se iba levantando
poco a poco la carpa multicolor, con franjas de colores que partían desde el
centro, donde predominaban el rojo, el azul y el blanco. Luego veíamos como se
conformaba la pista y se iban levantando las gradas de estructuras metálicas y
con asientos de tablas, Para casi terminarse la obra con el cerramiento también
de madera. Aparecía más tarde la entrada con las taquillas a ambos lados y con
el nombre del circo sobre aquella, realizado con multitud de luces de colores y
blancas. Todo tenía un colorido peculiar, era el circo.
Los anuncios publicitarios llenaban todos los rincones de la ciudad y hasta repartían unas hojas, como aquellos afiches que daban en los estrenos de las películas, con la foto o el dibujo de las figuras más destacadas de la compañía circense, con los eslóganes más sugerentes y sobre todo, con los días de actuación, el horario y el precio de las entradas, sin olvidar, por supuesto, el lugar de su ubicación. Por cierto, tengo como una nebulosa acerca de los lugares donde se podían instalar éstos, ya que no sólo era uno. Me parece recordar que vi el circo, cuando éste era de pequeñas dimensiones, al igual que se situaban también en él los teatros ambulantes o para espectáculos de variedades que venían a nuestra ciudad, con actores cómicos como Sasatornil, que ya no recuerdo ni cómo se escribe su apellido, Sori, Santos y Codeso, Gómez Bur, entre otros, en el descampado que había enfrente de la entrada principal de la plaza de toros, en el barrio Obrero; en el solar donde estuvo la vieja Estación de Autobuses, en la antesala de Melilla
Y como no existían los medios de comunicación tan inmediatos como en la actualidad, la mejor publicidad que hacía el circo era la del pasacalle de sus artistas por las avenidas más importantes de la ciudad. Con su vestuario más elegante y coloristas los artistas en un cortejo ruidoso y lleno de vistosidad se paseaba ante la mirada atenta de los melillenses y atónita de los pequeños. Una verdadera caravana, con el aliciente de los caballos, ricamente enjaezados, con los pesados elefantes que nos hacían abrir nuestros ojos desmesuradamente, con las fieras enjauladas ante las que nos quedábamos boquiabiertos y con un pellizquito en el estómago. Mujeres muy bellas y con lujosos ropajes, vaqueros e indios, niños como nosotros que eran artistas y despertaban algunas envidias, domadores que hacían fustigar sus látigos al aire, perritos y monos ridículamente vestidos...
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