jueves, 12 de febrero de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS Y PERSONAJES


RAZÓN DÉCIMO SÉPTIMA

17.-  Unos Payasos: POMPOF Y THEDY, NABUCODONOSOR Y NABUCODONOSORCITO

        Algo que alteraba la rutina de los juegos infantiles era la llegada a la ciudad de un circo, cualquiera que fuera su tamaño e importancia, ya que para los pequeños todos nos parecían monumentales.

        Este espectáculo hoy casi en peligro de extinción, por la dichosa televisión y otros adelantos de la técnica, tenía por entonces, en los años de nuestra niñez, un tirón extraordinario y no sólo era el goce del espectáculo en sí, sino todo lo que conllevaba su aparición hasta la triste despedida, en la que dejaba la huella de su paso efímero en el solar que le había dado cobijo.

       ¿Quién iba a pensar que aquella experiencia de Philip Astley, allá por finales del siglo XVIII, cuando traslada sus exhibiciones ecuestres, en Londres, a una pista cerrada y cubierta, se convertiría con otros aderezos y en el devenir del tiempo en el mayor espectáculo del mundo, como se llegó a considerar al circo?


            A aquella primera exhibición de caballos seguiría la presentación y doma de toda clase de animales, desde los fieros tigres y leones hasta los divertidos monos y perros, desde los pesados elefantes hasta las más variadas muestras de serpientes. La aparición en el aire de los trapecios fijos y volantes, los ejercicios de fonambulistas sobre la cuerda floja o sobre el alambre, los saltos mortales de los gimnastas y acróbatas, los equilibristas de las bicicletas y de los divertidos monociclos, el mimo, la magia, la prestidigitación, los juegos malabares y esa máxima que no faltó nunca en el circo del más difícil todavía.

       Algún amigo o compañero de juego daba la voz, que no se podía decir de alarma, sino de su presencia y todo se alteraba un poco. El dónde y el cuál eran interrogantes que aparecían de inmediato y una vez sabida las respuestas se iniciaba el peregrinaje hacia el solar donde se ubicaría y con el fin de comprobar la categoría del mismo según el volumen que desplazaba y el número y movimiento de la trouppe circense que lo soportaba. Recuerdo nombres en la lejanía como el Teatro Circo Arriola, el Circo Alegría, los que llevaban nombre de ciudades o topónimos de países de gran tradición en este tipo de espectáculos y que hacían referencia principalmente al centro y este de la vieja Europa y al omnipresente yanqui de la modernidad, tales como el Circo de Berlín, el Ruso, el de Inglaterra, el Americano o el Internacional; el Teatro Circo Chino de Manolita Chen era otra historia y hablar de circo en España, era obligado recordar al Price de Madrid.


           Después del primer anuncio, venía, como señalé anteriormente, el desplazamiento al lugar donde se instalaba para presenciar cómo se levantaba aquel singular edificio de maderas, hierros y lonas y además en el más corto espacio de tiempo. Todo dejaba entrever un trabajo muy bien ordenado, como si cada empleado supiera su quehacer de memoria, duro y respondiendo todos al unísono a las voces de los mandamases, que eran imprescindibles, y acompañando el desplazamiento de mástiles pesados y enorme, por ejemplo, con gritos rítmicos que facilitaban el trabajo. Un auténtico hormigueo humano ocupaba el solar, rodeado por los vehículos que transportaban todo el material y a la totalidad de personas y animales del mismo. Los gritos y las voces se mezclaban con los ruidos del montaje, que se planteaba primero sobre la superficie allanada del solar, como si se tratara de enorme puzzle, encajándose cada pieza en su lugar y levantarlo más tarde como los mecanos de nuestra niñez.


No hay comentarios:

Publicar un comentario