Por todo ello, el Gurugú era nuestro monte, el que deseábamos visitar y conocer, el que nos hacía soñar con aquellas edificaciones que coronaban su cima y que nosotros con nuestra imaginación las convertíamos en castillo medieval, donde habitaron dragones que fueron matados por los valientes amigos de la muerte, por los legionarios.
Era el Gurugú, con todo el verdor de su arboleda, sobre todo de pinares, el que despertaba en nosotros el deseo de ser visitado en excursiones escolares, que llegaron a hacerse realidad y con la parada obligada en Yasinem para rellenar cantimploras y apagar la sed del camino con el agua de sus manantiales.
Cómo no recordar en nuestro camino hacia el Instituto, en los días crudos, pocos, del invierno melillense y volver la mirada hacia atrás para ver sus cimas cubiertas con el manto blanco de la nieve, que también desaparecía pronto. O el regreso desde el Instituto, con el aire que descendía de él dándonos de cara, que te helaba las orejas, enrojecía nuestras mejillas y te hacía caer el moquillo de la nariz.
Qué panorámica más agradable desde diferentes rincones de la ciudad vieja en días de claridad, cuando vas viendo el puerto, los barrios céntricos de Melilla, la periferia, las diferentes playas con el moderno paseo marítimo actual y en la lejanía, como custodio viejo y sin brusquedades, sin enormes aristas, con distintas tonalidades de verde, nuestro Gurugú; el monte de nuestros sueños, lleno siempre de misterios, que desbordaban nuestra imaginación infantil, como señalaba antes, y que inventaba aventuras en las que no podía faltar la tropa, ni la propia ni la ajena, en donde las emboscadas eran fáciles por parte siempre del moro, pero que como le ocurría a los pieles rojas en las películas del oeste americano, también siempre terminaban perdiendo.
Era el Gurugú como el decorado omnipresente de
muchas de las postales de Melilla, por donde se enrojecía el cielo como
preludio del día ventoso que se avecinaba. Venía a convertirse en uno de los
recuerdos inolvidables para esa interminable lista de soldados que venían a
cumplir con su obligación con la patria en nuestra ciudad y que era causa de
tantas lágrimas y preocupaciones para sus familiares. Al creer éstos, por su
ignorancia en principio y por las historias lejanas ya contadas, así como por
las historietas inventadas en su torno, que venían al fin del mundo, al
desierto de las películas africanas y que por el contrario, se encontraban con
una moderna y cosmopolita ciudad. Eso sí, siempre al amparo de ese majestuoso y
gran macizo montañoso que no era otro que el Gurugú nuestro de todos los días.
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