miércoles, 18 de febrero de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD CONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS Y PERSONAJES


RAZÓN DÉCIMO OCTAVA

18.-  Un dulce: LAS MONAS DE PASCUA   ( II )


        En mi casa a la hora de comer lo hacíamos bien, sobre todo, los mellis; hasta tal punto que mi tía Carmen, que se encargaba entre otros menesteres de la cocina, cuando nos levantábamos de la mesa decía que los platos de los niños no había que lavarlos del limpio que los dejábamos. La merienda tampoco la perdonábamos y en especial cuando se hacía a base de dulces caseros, en cuya elaboración participábamos también y no nos importaba quedarnos en casa para colaborar en su preparación o lo de salir a la calle un poco más tarde.

        Tanto en Navidad como en Semana Santa, cuando llegaban las vísperas y el momento dedicado a la repostería casera, allí estábamos los dos como clavos, pegados a la mesa con el mantel de hule con dibujos a cuadros de colores y en la mayoría de las veces estorbando más que ayudando, incluso no faltando alguna que otra riña por pretender ocupar el sitio que creíamos era el mejor para la tarea. Los borrachuelos y los roscos para las fiestas del Nacimiento de Jesús, las torrijas y las monas y hornazos, con o sin huevo, que lo mismo nos daba, para la Pascua del Señor.

    

                                             (Borrachuelos en Navidad)


                                                 ( Torrijas en Semana Santa)

        No sé la razón de haber elegido este dulce tan típico de Cataluña de entre otros o quizás pueda ser porque mi madre no era corta y no escatimaba en aquello que sabía que nos gustaba, a pesar de ser diabética y estar ella reñida con los dulces, y creo que hasta se pasaba en cuanto a la cantidad, por lo que guardo un grato recuerdo de éste, teniendo en cuenta que siempre tuvimos un buen yantar.


            Sin perder puntada, frase muy típica en mi casa, ya que mi madre era modista y que equivalía a decir que prestábamos toda la atención del mundo, sin pestañear y ayudando en lo que nos mandaban y menos, por supuesto, de lo que nosotros deseábamos, veíamos como los diferentes ingredientes, en el orden establecido por la oportuna receta escrita en mano, se iban mezclando hasta conseguir la masa necesaria y en su justo punto en aquel hermoso lebrillo de barro en el que se trasladaba a la tahona que había en el barrio, para en puñados colocarlas sobre las bandejas oportunas que el panadero se encargaría de introducir en el horno para su cocción. Fase que no nos estaba permitida ver; pero sí, acompañar a mi tía Carmen y a alguna de las aprendizas del taller a recoger los dulces cuando pasaban unas horas y siguiendo la indicación del encargado del horno y según el trabajo que tuviera con anterioridad al encargo nuestro. En una canasta grande, similar a la que mi madre tenía para guardar los líos y los retales de los vestidos ya terminados o quizás fuera una de aquéllas, forrada en su interior provisionalmente con un trozo de tela blanca se recogía toda la mercancía ya hecha, ante el delirio nuestro y el deseo de que se enfriaran en el trayecto desde la panadería a casa, para nada más llegar a ella y con el permiso y la advertencia de nuestra madre de que sólo cogiéramos una, poder hincarle el diente.

 

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