En este ambiente estaba nuestro bueno don José, el maestro de nuestra niñez, el que nos enseñó las primeras letras y las reglas básicas de las matemáticas más elementales hasta que fuimos al Instituto, además de otras cuestiones muy generales.
Era alto y delgado, de rostro que ahora asociaría
con persona de ascendencia judía por su nariz algo aguileña, ojos y boca
pequeños, frente despejada y grandes entradas en su cabello que eran preludio,
ya en su no muchos años, de una temprana calvicie. Fibroso y atlético como
corredor de fondo, que sería por aquellos de sus caminatas desde su casa en el
Tesorillo hasta el barrio Obrero, donde estaba
Maestro de los que usaba guardapolvos o bata de color beige oscuro para preservar posiblemente su único traje, que no daban los tiempos para ningún exceso; con camisa de cuello almidonado y siempre bien planchada, tareas que realizaría con mimo y esmero su madre con el fin de que su hijo maestro fuera impecable en el ejercicio de su profesión y corbata oscura y siempre discreta. Viejo calzado, gastado por el uso, con algún repaso de media suela y tacón, pulcro y brillante al comenzar la jornada y no tanto al terminar ésta. Metódico y ordenado como el que más, lo que da que pensar que por la noche, antes de acostarse, era de los que con cepillo en ristre, entintaba, daba betún al calzado y le sacaba brillo, para también mejor conservarlo. Cuando se acercaba el buen tiempo o al comenzar el curso escolar, que aún no habían llegado las aguas y hasta hacía calor, usaba sandalias marrones de tiras con calcetines de igual color o grises.
En tiempos en que se decía y se practicaba que la “letra con sangre entra” nuestro don José fue una evidente excepción. Nunca le vi golpear a un alumno y mira que había algunos que como estaban las cosas, por sus continuas fechorías, merecían algún que otro sopapo. Tampoco era de los que usaba los gritos para reprender, sino todo los contrario y además le daba hasta resultado; pues cuanto más bajo hablaba mayor era el silencio en la clase y más atención se le prestaba. Aunque esto no lo conseguía siempre, ya que el cafrerío siempre ha existido y existirá. Como era habitual su sonrisa, cuando se ponía serio y fruncía el ceño nos desconcertaba; era otra de sus armas, otra de sus argucias y si reñía alguna vez elevando la voz, porque era inevitable, su enfado le duraba poquísimo y al momento volvía a su tono normal, con lo que también nos despistaba. Nunca vimos ira en sus reprimendas, por lo que nos llegaban más. La chiquillería como caso excepcional lo tenía como bueno, pero no como tonto. No sé qué arte tenía para conseguir esto, pues a pesar de lo trasto que éramos nunca nos aprovechamos de su aparente debilidad. Lo interesante era que sin golpes ni gritos la mayoría aprendíamos con él y no deseábamos cambiar con otros profesores, a los que sí veíamos que atizaban de lo lindo, que usaban la palmeta y los cachetazos, los tirones de pelo y de las patillas en especial, que crucificaban y hasta con libros en las manos, que arrodillaban a sus discípulos y los colocaban de cara a la pared.
Vivía don José en el Tesorillo, en las casitas de una planta que había a su entrada, enfrente de donde está actualmente la gasolinera y cuando atravesamos el puente grande del Río de Oro, que daba al garaje Bernabeu, en cuya planta alta vivieron nuestros tíos y primos.
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