SEXTA RAZÓN
6.- Un Libro: LA ENCICLOPEDIA ÁLVAREZ
Luego, el destino hizo que mis pasos se dirigieran
hacia el magisterio y me encontré con un buen amigo y colaborador. No era época
de muchos libros de textos, como ahora, uno para cada materia, que engrosan las
carteras o mochilas de los alumnos y que sacrifican de qué manera las columnas
de los pequeños y que ha dado paso a ese invento de los carritos para aliviar
tal pesar. Eran años de libro único, de las Enciclopedias, que recogían todo el
saber necesario para tener una cultura básica, como lo fue la de Álvarez,
considerada por su autor como intuitiva, sintética y práctica.
Muchos fueron los niños que se ilustraron con la
obra de don Antonio Álvarez Pérez, maestro y director del Centro que llevaba su
mismo nombre en la ciudad de Valladolid, que también prestó su caligrafía y
dibujos cuando fueron necesarios para su obra y que contaba con las
ilustraciones de Aguilar y Santana. Fuimos muchos también los maestros que nos servimos
de ella para instruir a nuestros alumnos durante bastantes años.
Habrá alumnos y profesores de aquellos tiempos, si
es que tienen acceso a estos escritos, que la recordarán con nostalgia. Tenía
una estructura fácil de rememorar. Primero, porque para eso la Iglesia tenía tanta
influencia por entonces, iban las lecciones de Historia Sagrada, haciendo
alusión a los libros sagrados y a la creación, con una ilustración de un
majestuoso y materializado Dios, coronado por un triángulo y con un fondo de
universo. Nadie importante escapaba de aquella síntesis religiosa, Adán, la
serpiente y la mano de Eva, la expulsión del Paraíso, el fratricida Caín, el
armador Noé, el justo Abraham, que si no le detiene el ángel hubiera sido el
primer infanticida ilustre, el ilegítimo primogénito Jacob, el soñador José, el
precursor de las pateras Moisés y guía del pueblo israelita, el forzudo Sansón
y la perversa aspirante a peluquera Dalila, David y Goliat –que no siempre iba
a ganar el más fuerte y grande-, el sabio Salomón, que menos mal que tuvo a su
lado a la buena y auténtica madre, que de lo contrario menuda la arma partiendo
por la mitad al niño, los adivinadores y el acontecimiento que sacudió al
mundo, como fue aquel humilde nacimiento de un Niño, que zamarreó a la
humanidad y de qué manera y qué menuda se originó en su torno.

Después venían los Evangelios, cada uno con su ilustración,
que el maestro dibujaba en la pizarra para que los alumnos lo copiasen en sus
cuadernos, junto al resumen que también escribía en el encerado el profesor,
para explicarlo después, y que ocupaba gran parte de la jornada matinal de los
sábados.
A continuación la Lengua Española.
Cuántas definiciones de aquellos tiempos se quedaron grabadas para siempre en
nuestras mentes, a base de repetirlas y estudiarlas de memoria, ya que privaba
este método en aquellos años, como si de catecismo se tratara. ¿Qué es hablar?
Es expresar lo que pensamos por medio de palabras. O considerar a la Gramática Castellana
o Española, que nadie se enfadaba por ello, como la ciencia y el arte de hablar
correctamente nuestro idioma. Y veíamos aquellos primeros dibujos de literatos
ilustres como Jacinto Benavente, con sus gafitas redondas, al maestro
salmantino de nacimiento y extremeño de vocación, José María Gabriel y Galán, a
don Miguel de Cervantes con su inconfundible gola, al sabio rey Alfonso X, a
don Pedro Calderón de la Barca,
a José Zorrilla, al nicaragüense Rubén Darío y a “Azorín”, que nos introducía
en aquello de los pseudónimos, a la santa Teresa y al sevillano Manuel Machado,
al fénix de los ingenios Lope de Vega, a Góngora y a Quevedo, a los hermanos
Álvarez Quintero y a fray Luis de Granada, al desafortunado en vida Bécquer y
al profesor Unamuno...
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