RAZÓN DÉCIMO TERCERA
13 .- Un Arquitecto: ENRIQUE NIETO Y NIETO ( I )
¿Quién no ha oído decir en más de una ocasión que
nuestra Melilla es una ciudad, en su parte nueva lógicamente, de marcado
carácter modernista? Yo también lo he dicho para presumir de ella en
determinados momentos, en ocasiones en que me he encontrado con una
arquitectura parecida a la de algunos de los edificios de la Melilla moderna o en
conversaciones intrascendentes y coloquiales en las que se habla de todo y por
qué no, de cómo es tal o cual ciudad o cómo es aquella en que uno nació y que
la recuerda con una cierta nostalgia.
Si uno mira el diccionario podrá leer que modernista
es todo lo perteneciente o relativo al modernismo, en cualquiera de sus
acepciones. Y si en este caso me refiero a nuestra ciudad, no tengo ninguna
duda de que no hablo de ningún movimiento literario que caminó por los
derroteros de la modernidad, ni menos aún a corrientes teológicas que se vieron
condenadas por diferentes Papas de la época; sino que hago alusión directa,
dentro de la complejidad del arte, a la arquitectura que se desarrolló en
nuestra ciudad en los comienzos del siglo XX, dejando al margen las artes
plásticas, la literatura y las cuestiones de fe como señalé anteriormente y la
música.
Aquel Moderm Style de Gran Bretaña y EE.UU., el Art
Nouveau de Bélgica y Francia, el Jugendstil de Alemania o el Liberty o Floreale
de los italianos, que tuvo su origen en la pintura de los años 80 del siglo
XIX, dieron sin embargo sus muestras más logradas en la arquitectura y las
artes decorativas y tuvo como el más original y vigoroso representante a un
español universal, al arquitecto catalán Antonio Gaudí y Cornet.

Este arquitecto prefigura sin duda las tendencias
más audaces de la arquitectura contemporánea. Formado en el ambiente del
romanticismo catalán y entusiasta de la Edad Media, muestra en sus primeras obras
estructuras neogóticas, influencias islámicas y una gran predilección por la
decoración brillante a base de cerámica policromada, sólo hay que fijarse en la Casa Vicens, en el
ábside de la Sagrada
Familia o en el Palacio Güell, todas en Barcelona, para
comprobar lo anterior. Sin embargo, simultáneamente aparecen en sus obras
experimentos constructivos, como el empleo de arcos parabólicos, que le
condujeron a un estilo personal que planteó una nueva tecnología de la piedra,
la madera y el hierro forjado. Otro gran ejemplo de su peculiaridad lo podemos
ver en la fachada de la
Natividad de la Sagrada Familia, que iniciada con un estilo
“biológico” imitador de las formas naturales, de las formas vivas de plantas y
animales, de la nieve fundiéndose, de nubes y estrellas, termina en las
cúspides de sus cuatro torres, a más de cien metros de altura, con
sorprendentes superficies formadas por planos intersecados y formas curvadas,
cubiertas por mosaicos de brillantes colores. Esta concepción plástica nueva,
ya no sólo ornamental, sino esencial, en la construcción caracteriza la Casa Batlló, con su
fachada ondulada, revestida de mosaicos, que produce el efecto de una
superficie de agua colocada verticalmente. Otra de sus obras características es
la Casa Milá,
que constituye un bloque de formas orgánicas con bordes horizontales
rítmicamente ondulados, taladradas por ventanas. Y destaca también el Parque
Güell, con pilares inclinados de piedra natural en bruto y su exuberante empleo
de mosaicos de cerámica y vidrio, que dan origen a un conjunto de composiciones
abstractas de gran fuerza expresiva.
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