sábado, 3 de enero de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES Y PERSONAJES


SEXTA RAZÓN

6.-   Un Libro :  LA ENCICLOPEDIA ÁLVAREZ   ( I )


            No, no fui un niño que utilizara en mis primeros estudios esta reliquia de la Enciclopedia Álvarez, que curiosamente en la modernidad de finales del siglo XX y comienzos del XXI se vuelve a editar para coleccionistas y nostálgicos como yo, que cuenta en su biblioteca modesta con un ejemplar editado en 1997 del original de treinta y tres años antes, de 1964, cuando me incorporé, una vez cumplido mi deber con la Patria, el que nunca entendí muy bien, al Magisterio Nacional como funcionario público en la bella población andaluza famosa por su Tajo y por sus toreros ilustres, Ronda.


            Yo fui niño en la escuela que empecé mi ilustración con el pizarrín y la pizarra negra enmarcada en madera; donde dibujé con mano temblorosa mis primeros palotes y redondeles, en la que garabateé mis primeras imágenes, mi primer árbol y mi primera casita, ya que dibujos más complicados vendrían después. De los palotes pasé a las vocales;
la O estaba chupada después de tantos redondelitos, a la A sólo había que añadirle el rabito, la I de la iglesia, la del puntito arriba, era un fácil sube y baja y la U era la duplicación de la anterior; la más complicada, sin duda, era la E, que no era y era redondel, que no tenía y tenía rabito y que a veces, para colmo, se nos volvía al revés. Más tarde llegarían los números, identificándolos con otras imágenes: el 0 era el rosco, el 1 el soldadito, el 2 el patito..., y luego las consonantes, como la M de “Mi mamá me mima” o la T de “Tu tío toma tomate”.
            La pizarra con su inseparable trapito blanco o de cualquier color, que retales no faltaban en las casas, pues eran años en que no se tiraba nada, en que las rodilleras de los pantalones largos y las culeras de los cortos también, cuando el tejido original se rompía o se gastaba de tanto uso y de tanto lavado a mano, restregándose sobre el lavadero de piedra o de madera que había en cada casa, eran reemplazados por aquellos con tal de que se parecieran algo en el color y en la urdimbre. Trapito humedecido al final de la jornada para dejar la pizarra inmaculada; pues durante ésta nos bastaba para borrar restregar bien el trapo o usar la misma mano si era menester, sacudir el polvo golpeando éstas o limpiándolas en cualquier parte de nuestro modesto vestuario, al que luego también había que sacudir, no acabándose nunca la tarea en esta desordenada obligación de la limpieza. Sin olvidar el recurso de la saliva, el escupitinajo espurreado sobre la pizarra o sobre el mismo trapo para mejorarla.


            Después vendrían los cuadernos de dos rayas, las planas y las cuentas de no sé cuántas cifras..., los lápices que se gastaban sin darnos cuenta, con excesiva rapidez y de lo que éramos conscientes sólo cuando llegábamos a casa y decíamos que ya no lo teníamos y nuestra madre nos reprendía un poco, indicándonos que si nos los comíamos. Pensando entonces inmediatamente en el comelápices de verdad, en el sacapuntas, pues hasta le sacábamos punta a los lápices por los dos extremos, ya que su uso era divertido y hasta te permitía, si podías, ausentarte un momento del sitio. Eso sí, mirábamos mucho por ellos, pues a veces nos las arreglábamos para escribir con algunos y no exagero que tendrían poco más de dos centímetros de longitud. No estábamos como los niños de ahora por tirar nada, que parece que todo sobra. Además, se trataban de aquellos lápices de mina durísima, que dejaban su huella en el papel si intentabas borrar o de esos otros que tenían la mina suelta de la madera y cuando escribías, aquella se metía para adentro y salía por detrás, teniendo que estar sujetándola o los que se te despegaban las dos mitades de madera y te dejaban sólo la mina, sin olvidar a los que tenían la mina tan blanda que con sólo apoyarla en papel se rompía o acaso no sería que apretábamos mucho al escribir.
Teníamos que rellenar hojas enteras de las de dos rayas repitiendo las inacabables planas y que debíamos ejecutar con el mayor cuidado; pues de lo contrario venían las reprimendas, primero verbales y más tarde, las que no nos agradaban a ninguno, el pescozón y el tirón de orejas o de las patillas. No había que salirse en la mayoría de los rasgos de aquellas líneas paralelas, que a veces en lugar de ayudarnos en el trazo delataban nuestros fallos.
        Libretas cuadriculadas para las cuentas, con sumas y restas que casi ocupaban la línea horizontal. ¿Pero cuándo íbamos nosotros a usar aquellos números tan grandes, más que astronómicos? Cuántas veces tuvimos que recitar y cantar, que por entonces se llevaba esta rutina, las tablas de sumar y de multiplicar! Que cierto aquello del chascarrillo, que no eran pocos los que después de repetir y repetir sólo se aprendían la música y no la letra.
            

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