SEXTA RAZÓN
6.- Un Libro : LA ENCICLOPEDIA ÁLVAREZ ( I )
No, no fui un niño que utilizara en mis primeros estudios esta reliquia de
La pizarra con su inseparable trapito blanco o de
cualquier color, que retales no faltaban en las casas, pues eran años en que no
se tiraba nada, en que las rodilleras de los pantalones largos y las culeras de
los cortos también, cuando el tejido original se rompía o se gastaba de tanto
uso y de tanto lavado a mano, restregándose sobre el lavadero de piedra o de
madera que había en cada casa, eran reemplazados por aquellos con tal de que se
parecieran algo en el color y en la urdimbre. Trapito humedecido al final de la
jornada para dejar la pizarra inmaculada; pues durante ésta nos bastaba para
borrar restregar bien el trapo o usar la misma mano si era menester, sacudir el
polvo golpeando éstas o limpiándolas en cualquier parte de nuestro modesto
vestuario, al que luego también había que sacudir, no acabándose nunca la tarea
en esta desordenada obligación de la limpieza. Sin olvidar el recurso de la
saliva, el escupitinajo espurreado sobre la pizarra o sobre el mismo trapo para
mejorarla.
Después vendrían los cuadernos de dos rayas, las planas y las cuentas de no sé cuántas cifras..., los lápices que se gastaban sin darnos cuenta, con excesiva rapidez y de lo que éramos conscientes sólo cuando llegábamos a casa y decíamos que ya no lo teníamos y nuestra madre nos reprendía un poco, indicándonos que si nos los comíamos. Pensando entonces inmediatamente en el comelápices de verdad, en el sacapuntas, pues hasta le sacábamos punta a los lápices por los dos extremos, ya que su uso era divertido y hasta te permitía, si podías, ausentarte un momento del sitio. Eso sí, mirábamos mucho por ellos, pues a veces nos las arreglábamos para escribir con algunos y no exagero que tendrían poco más de dos centímetros de longitud. No estábamos como los niños de ahora por tirar nada, que parece que todo sobra. Además, se trataban de aquellos lápices de mina durísima, que dejaban su huella en el papel si intentabas borrar o de esos otros que tenían la mina suelta de la madera y cuando escribías, aquella se metía para adentro y salía por detrás, teniendo que estar sujetándola o los que se te despegaban las dos mitades de madera y te dejaban sólo la mina, sin olvidar a los que tenían la mina tan blanda que con sólo apoyarla en papel se rompía o acaso no sería que apretábamos mucho al escribir.Teníamos que rellenar hojas enteras de las de dos rayas repitiendo las inacabables planas y que debíamos ejecutar con el mayor cuidado; pues de lo contrario venían las reprimendas, primero verbales y más tarde, las que no nos agradaban a ninguno, el pescozón y el tirón de orejas o de las patillas. No había que salirse en la mayoría de los rasgos de aquellas líneas paralelas, que a veces en lugar de ayudarnos en el trazo delataban nuestros fallos.
Libretas cuadriculadas para las cuentas, con sumas y
restas que casi ocupaban la línea horizontal. ¿Pero cuándo íbamos nosotros a
usar aquellos números tan grandes, más que astronómicos? Cuántas veces tuvimos que recitar y cantar, que por
entonces se llevaba esta rutina, las tablas de sumar y de multiplicar! Que
cierto aquello del chascarrillo, que no eran pocos los que después de repetir y
repetir sólo se aprendían la música y no la letra.
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