No me faltan algunas anécdotas que relatar en torno a estos dos nombres y nada mejor que relatar algunas.
La primera de todas se produce en la mayor lejanía en el tiempo. Cuando éramos todavía unos chiquillos y como he señalado en más de una ocasión, la calle era nuestra, los amigos y compañeros de juegos, cuando llegaban a casa preguntando por nosotros, no lo hacían individualmente demandando si estaba Clemente o Pepe, sino que, y ello tenía su lógica porque era evidente de que éramos dos, se dirigían a los nuestros preguntando por los “Clementes”. La única explicación al elegir el nombre más complicado, no caeré en la tentación de considerarlo más raro, era la de que existíamos muchos “Pepes” y escasos “Clementes” y la verdad sea dicha, es que hemos conocido a pocas personas llamadas así. Para todos los amigos éramos, ni siquiera se usaba el apellido o el de mellis, como ocurriría con el paso de los años, los “Clementes” y es que los niños suelen ser muy listos para sus cosas y ésta era la mejor forma de identificarnos.
Otra anécdota y dado nuestro extraordinario parecido
cuando éramos niños, hasta tal punto que yo no sé quién soy en la foto de
nuestra Primera Comunión, a no ser que me fije en una indicación que me hizo mi
querida madre de que el rosario que portaba con el librito para tal ocasión era
mucho mayor que el que llevaba él, era el juego de cambiarnos de nombre según
convenía y si no estábamos juntos.
¿Se imaginan la escena?
- Oye, Clemente, me debes cinco canicas.
Y decía mi hermano con cara de extrañeza:
- ¿Quién, yo? Eso se lo dices a mi hermano, yo
soy Pepe.
El chaval de momento se lo tragaba y guardaba silencio; pero cuando yo aparecía al que le daba la carga era a mí y resultaba difícil convencerlo de que yo era yo y no mi hermano. Al final todo se aclaraba entre risas y la fiesta quedaba en paz.
En donde no pudimos hacer estos juegos de cambio de nombres fue en los estudios, pues los profesores, por si intentábamos llevarlo a cabo, tenían la habilidad de que cuando preguntaban la lección a alguno o nos sacaban al encerado inmediatamente llamaban al otro; aunque algunas trampillas sí que hicimos.
Se imaginan a mi hermano Clemente, con diez añitos recién cumplidos, sentado delante de aquel tribunal del examen oral de ingreso en bachiller, con aquellos tres monstruos colocados enfrente, al otro lado de la gran mesa, y él ocupando un sillón que le caía grande por todas partes, en el cual se perdía y que le dejaba las piernas casi colgando. Un verdadero suplicio y el cura sonriendo, como para intentar tranquilizarlo, aunque lo que conseguía era acobardarlo aún más, sentirse ridículo, como hormiguita ante tanta negrura de aquella sotana de antes, con rostro sonrojado como fruto del buen vino, que cuando se giraba para hablar con los otros profesores del tribunal dejaba al descubierto en su cabeza su tonsura blanca del tamaño de los duros antiguos, va y le pregunta nada más sentarse:
- Hombre, Clemente..., seguro que sabrás lo que significa tu nombre.
Claro que sabe lo que significa su nombre mi hermano, lo contrario de lo que están haciendo con él y con sus compañeros de sufrimiento. Quiere hablar y no le salen las palabras, se pone nervioso y al final elige el camino más corto.
- Clemente quiere decir bueno, el que tiene clemencia- y otra pregunta de otro de los miembros del tribunal le saca del atolladero.
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